El Rincón de la Ciencia, Tecnología y el Conocimiento

“Ahora para encontrar trabajo hace falta un máster. ¿Qué será lo próximo? ¿El Nobel? Entrevista al educador Ken Robinson

Publicado por El Rincón de la Ciencia, Tecnología y el Conocimiento en Jueves, 21 de julio de 2016

Historia del Universo

Diagrama representativo de la historia del universo.

Para todas las mentes curiosas

con inquietud de conocimiento.

Neuronas

Conexiones sinápticas.

Química

Tabla Periódica de los elementos.

Tecnología

Al alcance de nuestras manos.

Moléculas y el espacio

FRASES DE CIENCIA

martes, 15 de enero de 2019

La gente que menos sabe sobreciencia más se opone a ella, pero es la que más cree saber

LA GENTE NO SABE
Los resultados de un estudio publicado en la revista Nature Human Behavior no debería sorprender a aquellos familiarizados con la ciencia: las personas con opiniones más extremas en contra de la ciencia son los que menos saben, pero paradójicamente son los más creen saber.

De acuerdo a la investigación realizada por un grupo de universidades en Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido, las personas a menudo sufren de algo llamado la “ilusión de conocimiento”. El ejemplo más claro se puede observar en la opinión que ciertas personas tienen sobre los alimentos modificados genéticamente (GMO). Mientras más se oponen, menos conocen.

No saben que no saben

El estudio analizó las respuestas de más de 2,000 adultos estadounidenses y europeos qué opinaban sobre los alimentos trasngénicos. También les preguntaron cuánto creían entender sobre los alimentos transgénicos, y una serie de 15 preguntas verdaderas y falsas para evaluar cuánto realmente sabían acerca de la genética y la ciencia en general.

Los investigadores descubrieron que los oponentes extremos de los alimentos GMO son los que menos saben sobre el tema, pero creen que son los que más saben. "Cuanto menos saben las personas, más se oponen al consenso científico", dijeron los autores en el estudio. "Los comunicadores de la ciencia han hecho esfuerzos concertados para educar al público con miras a alinear sus actitudes con los expertos".

Sin embargo, las personas con un sentido exagerado de lo que realmente saben, y la mayoría de quienes necesitan educación, también son las que tienen menos probabilidades de estar abiertas a la nueva información. Lamentablemente.

Las opiniones extremas a menudo vienen acompañadas de no apreciar la complejidad del tema: "no saber cuánto hay que saber", dice Philip Fernbach, autor principal del estudio y profesor de Marketing en la Universidad de Colorado Boulder. "Las personas que no saben mucho piensan que saben mucho, y esa es la base de sus opiniones extremas", añade.

Un patrón que se repite

Los hallazgos se mantuvieron en todos los niveles educativos y para personas de los dos espectros políticos. Los transgénicos no son un problema partidista, dijo Fernbach. “Las personas de derecha e izquierda odian los GMO”, aunque la mayoría de los científicos consideran que estos alimentos son tan seguros para el consumo humano, como los que se cultivan convencionalmente

"La ingeniería genética es una de las tecnologías más importantes que realmente está cambiando el mundo de una manera dramática y tiene el potencial de tener enormes beneficios para los seres humanos", dijo Fernbach. "Y sin embargo hay una oposición muy fuerte", se lamentó.

Los autores también exploraron otros temas como la terapia génica para corregir trastornos genéticos y la negación del cambio climático causada por el hombre. Encontraron los mismos efectos para la terapia génica, pero no para la negación del cambio climático.

Fernbach plantea la hipótesis de que el cambio climático se ha polarizado tanto políticamente que las personas se suscriben a lo que diga su grupo ideológico, independientemente de cuánto creen que saben. Sería interesante estudiar esa relación con otros campos de las ciencias y las pseudociencias.

Esta noticia ha sido publicada originalmente en N+1, ciencia que suma.

Vídeo:

La ilusión del conocimiento | Luis Losinno | TEDxRioCuarto

Luis nos invita a cuestionar nuestro conocimiento, a preguntarnos cómo percibimos y construimos la realidad. ¿Sabemos realmente todo lo que creemos saber o es una mera ilusión? ¿Podemos confiar en eso que sabemos? Preguntas para reflexionar en torno a nuestras creencias. Luis es doctor en ciencias veterinarias especializado en equinos. Profesor y consultor en distintas universidades alrededor del mundo, siempre está dispuesto a enfrentarse a sus propias ideas.


lunes, 31 de diciembre de 2018

¿Por qué se gasta en ciencia si hay hambre en el mundo?

Por Gonzalo López  Sánchez  gonzalolopez


Quizás alguna vez se haya preguntado para qué sirve la ciencia. Qué interés tiene conocer el bosón de Higgs, la vida de las galaxias o los hábitos reproductivos de las hormigas. Por qué la NASA ha invertido casi 1.000 millones de dólares en enviar el último robot a Marte o por qué se invierte en un acelerador de partículas con la cantidad de desastres que hay por arreglar en nuestro planeta. En definitiva, ¿para qué sirve estudiar cosas que no son útiles? ¿Por qué gastar millones en ciencia cuando hay hambre en el mundo?

Estas preguntas parten ya de un sesgo considerable, puesto que podríamos preguntarnos lo mismo sobre cualquier actividad. ¿Por qué se gasta dinero en fichar jugadores de fútbol si no es útil? ¿Por qué invertimos nuestro dinero en ir al cine los sábados por la tarde o en hacer autovías si hay hambre en el mundo? En mi opinión, este sesgo que menciono es un indicio de que para algunas personas la ciencia es algo aburrido, innecesario y alejado de la realidad cotidiana.

Puedo entender por qué. La ciencia es invisible e intangible. Se comunica en un lenguaje extraño y difícil de entender. Los científicos son gente que no suele salir en la televisión o en los medios. Estudian cosas difíciles de creer y que parecen haber surgido de la imaginación de alguna rata de laboratorio. ¿No será que los científicos hacen ciencia para mantener sus subvenciones y sus puestos de trabajo? ¿No serán charlatanes?

Aunque de todo hay en la viña del Señor, la respuesta es un rotundo y mayúsculo “NO” (sobre todo teniendo en cuenta la precariedad crónica que les aflige, muy especialmente en España) que debe resonar durante unos cuantos segundos. Explicaré por qué.

La ciencia es una revolución

En primer lugar, la ciencia está por todas partes. Si resulta invisible es porque no reparamos en que toda la tecnología que nos rodea ha sido creada por científicos e ingenieros. Los automóviles, los trenes, los teléfonos móviles, la electricidad, el plástico, la ropa y hasta la comida. Todo esto se ha mejorado a través de la investigación científica. Si usted está leyendo esto es gracias al trabajo de un número inimaginable de personas que estudiaron, trabajaron y pensaron hasta desarrollar pantallas digitales, chips y comunicaciones vía satélite.

Probablemente, si está leyendo esto, es también gracias al milagro en la mejora de la esperanza (y calidad) de vida que ocurrió durante el siglo XX. Por ejemplo, en Estados Unidos la esperanza de vida se incrementó en 29,2 años entre 1900 y 1999 y la mortalidad infantil cayó del 30,4% al 1,4. Pero más que por un milagro fue gracias a la ciencia. A finales del siglo XIX se descubrió el papel de los microorganismos en las enfermedades, se adoptaron mejoras en sanidad e higiene, se desarrollaron los antibióticos y se implementaron los programas de vacunación. Gracias a eso prácticamente se erradicaron enfermedades como la difteria, el tétanos, la poliomielitis, la viruela, las paperas o la rubeola.
La ciencia tiene consecuencias tan tangibles como el aumento de la producción agrícola
La investigación permitió el desarrollo de la revolución verde, que duplicó la producción de cereales en países en vías de desarrollo entre 1961 y 1985 ( si bien creó retos pendientes de resolver). Hizo más rápidos los aviones y más baratos los viajes por todo el mundo. Permitió que lleváramos un ordenador en el bolsillo y que hoy podamos pedir comida a domicilio, circular en coches eléctricos o comprar algo al otro lado del océano en unos pocos clicks. Si sufrimos una enfermedad, los médicos nos hacen análisis de sangre, radiografías o ecografías y usan técnicas de respiración asistida, suero y medicamentos. Todos ellos han sido investigados y puestos a punto por científicos (por cierto, en muchos casos recurriendo a la experimentación animal).

Se podría argumentar también que no todo lo que se investiga es útil. Por ejemplo, se trabaja en campos como las cosmología o la física de partículas, cuando ni los cuásares ni los quarks dan dan de comer a nadie. ¡Además se inventan muchas cosas que fracasan!

La ciencia no siempre es útil

En primer lugar, hay que tener en cuenta que, antes que se pueda desarrollar una aplicación concreta, hay que investigar y saber cómo funcionan las cosas, cuáles son los conceptos básicos o los fundamentos. Esto implica sencillamente investigar movido por la curiosidad, y no saber en ningún momento adónde se podrá llegar, si es que se podrá llegar a alguna parte. Esto, que se llama ciencia básica y que se diferencia de la ciencia aplicada, ya dirigida a aplicaciones concretas, es la base del conocimiento científico.

Como prueba de su importancia comentaré dos cosas. Hoy podemos usar el GPS en el móvil para encontrar el camino a casa gracias a que a principios de siglo Albert Einstein formuló su teoría de la Relatividad. Él no pensó en nada parecido a un GPS (el primer satélite no se lanzó hasta el año 1957), pero gracias a sus cálculos, totalmente inútiles en aquel momento, hoy se sabe cómo funciona el espacio-tiempo y cómo un GPS ha de tenerlo en cuenta. Gracias a que Alexander Fleming tuvo curiosidad por un hecho aparentemente baladí, después se desarrollaron los antibióticos. Gracias a que en los setenta Elizabeth Blackburn investigó la longitud de los extremos de los cromosomas, luego se averiguó que unas estructuras, conocidas como telómeros, tienen un papel clave en las enfermedades, el envejecimiento y el cáncer. Sin curiosidad inicial, el láser no se usaría hoy para comunicaciones, operaciones o procesos industriales. Y como estos, hay miles de ejemplos.

Pongamos uno más bastante llamativo. Todavía hay quienes piensan que jamás estuvimos en la Luna (al igual que hay quienes creen que la Tierra es plana o que la homeopatía tiene propiedades mágicas), pero el famoso programa Apollo no solo permitió que un astronauta pusiera una bandera en la Luna. Además de movilizar la ciencia, la tecnología y la industria de una nación entera, generó numerosos “spin-offs” o aplicaciones. El programa Apollo fue clave para el desarrollo de la tomografía axial computarizada (TAC), los microchips, las herramientas inalámbricas, los termómetros, la conservación de la comida por deshidratación, el aislamiento, el joystick, la televisión por satélite, las lentes anti-arañazos, los calzados más ergonómicos, los detectores de humo, los bañadores con menos rozamiento y los filtros de agua. Por no hablar de que aceleró la carrera espacial, nuestro conocimiento del Sistema Solar, la meteorología espacial y el lanzamiento de miles de satélites que hoy empleamos de forma cotidiana para comunicarnos, reconocer nuestro planeta o hacer transferencias bancarias.

La importancia de comprender

Pero no solo eso. La ciencia tiene una labor al menos tan importante como tratar de mejorar la salud y calidad de vida. Su principal cometido es comprender el Universo. De todo el Universo (incluso de usted). La ciencia estudia esas cosas que existen, por un motivo que desconocemos, y que se basan en leyes y regularidades. Esas cosas que están detrás de la vida, de las estrellas y del tiempo. Quiere entender no solo las galaxias, sino también las partículas subatómicas, las reacciones nucleares, las transformaciones químicas, el funcionamiento del organismo, el comportamiento de los gatos, la naturaleza de la luz del Sol que nos baña, cuántos asteroides caen en la Tierra, cómo diantres funciona el clima, qué transformaciones está sufriendo nuestro planeta y cómo cambiará, por qué los guepardos tienen manchas en su pelaje, hasta qué punto nuestro comportamiento depende de la biología, de dónde venimos, dónde vivimos, adónde vamos.
La ciencia se mueve por y para la necesidad de de comprender el Universo. En la imagen, los “pilares de la creación”, nubes de gas interestelar captadas a 7.000 años luz de la Tierra por el Hubble
Algo nos debe importar, porque llevamos toda nuestra existencia siendo curiosos y haciéndonos las mismas preguntas. De hecho, gracias a la ciencia hoy hablamos de cosas extrañas que jamás hemos visto por aquí, como agujeros negros, galaxias, exoplanetas, neandertales, “big-bangs”, átomos y células. ¿No forman parte ya de nuestra forma de entender quiénes somos?

La dificultad de hacer ciencia

Además, a diferencia de todos los otros sistemas de conocimiento, la ciencia depende su capacidad de poner a prueba nuestra ideas (hipótesis) con evidencias recogidas en el mundo natural. Se alimenta de los hechos para tratar de comprender la realidad. Pero con su trabajo solo saca conclusiones provisionales (cosa que le produce mucho agobio a los que creen que los investigadores son adivinos). Estas conclusiones están siempre sujetas a revisión permanente por millones de científicos de todo el mundo. Por tanto, está en las antípodas del pensamiento mágico, de las soluciones simples para los problemas complejos y de los “crecepelos” milagrosos. ¿No resulta todo esto especialmente importante en el momento en que vivimos ahora?

Sin embargo, todo esto no conlleva que no se vea afectada por las debilidades humanas típicas, como la corrupción o la ambición, o que no dependa de intereses políticos y económicos. Pero yo al menos no conozco otro sistema tan depurado y fiable como este, que sea revisado por personas de todo el globo y en el que los hechos tengan tanto peso.

Adentrarse en lo desconocido es difícil, porque nadie puede guiar nuestros pasos. Investigar el secreto escondido en la materia o la historia escrita en las estrellas requiere desarrollar nuevas tecnologías y estudiar durante muchos años (para aprovechar todo lo que otros ya descubrieron e ignoraron). El proceso es largo, tedioso y a veces extremadamente caro. Con el tiempo, las materias son más complicadas y requieren esfuerzos más colectivos. El dinero es un factor limitante, pero las experiencias pasadas muestran que la inversión puede redundar en un desarrollo social, académico e intelectual. Por lo visto hasta ahora, es muy frecuente que la ciencia acabe generando un retorno para la industria y la sociedad.

Es más, se puede decir que la ciencia es el motor de la prosperidad. En Estados Unidos, se calcula que la tercera parte del crecimiento económico se logró gracias a la ciencia básica hecha desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Y, aparte de eso: ¿Cuántos ingenieros, arquitectos, científicos y estudiantes se formaron gracias a ella? ¿Cómo cambió la forma de pensar de todo el país? ¿Cómo evolucionó el conocimiento, la política y la filosofía?

Por tanto, difundir la idea de que se gasta en ciencia mientras hay hambre en el mundo es crear una falsa dicotomía para ocultar el hecho de que se ignora la importancia y la utilidad de la ciencia. La ciencia es progreso, calidad de vida (al menos según nuestros estándares occidentales), la cura de enfermedades y la comprensión de dónde venimos y dónde estamos. La ciencia es la única que podría avisarnos antes de una potente erupción volcánica, del impacto de un asteroide, de un cambio climático capaz de derrumbar nuestro sistema económico, de  una extinción masiva o del riesgo de llenar nuestros ríos y océanos de botellas de plástico.

Por eso, creo firmemente que la ciencia y la búsqueda de conocimiento que promueve es la única salida para el futuro tan peligroso que tenemos por delante. Sin ella, dudo que fuera posible emprender un esfuerzo global e informado para combatir el hambre, la polución, la destrucción del medio natural, el crecimiento demográfico descontrolado o el calentamiento global. Por favor, apoyen la ciencia.

Fuente: Blogs ABC

Video

¿Esto para qué sirve? – La importancia de la ciencia

“¿Esto para qué sirve?” Seguro que te has hecho esa pregunta ante un descubrimiento científico o una teoría sobre la vida, el universo y todo lo demás. Porque al fin y al cabo, saber cómo se forma una galaxia o cómo muere una estrella no va a arreglarte el coche si se te estropea. Pero… ¿y si te dijera que la ciencia que estudia el bosón de Higgs, los números primos o la superconductividad sí sirve para algo? Para mucho, de hecho. Te lo cuento aquí:

domingo, 30 de diciembre de 2018

Clair Patterson, de la edad de la Tierra a la guerra del plomo

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El mundo precisa de nuevos Clair Cameron Patterson, eminente geoquímico que no solo logró datar la fecha del nacimiento de la Tierra y el Sistema Solar, sino que puso la primera piedra para demostrar que la salud es más importante que el dinero.


¿SABES QUE TIENE QUE VER LA EDAD DE LA TIERRA CON LA TOXICIDAD DEL PLOMO?

Ambos se unen en la figura de Clair Cameron Patterson, eminente Geoquímico que no solo logró datar la fecha del nacimiento de la Tierra y el Sistema Solar, sino que puso la primera piedra para demostrar que la salud es más importante que el dinero.

Patterson logro datar la edad de nuestro planeta, unos 4,550 millones de años, a través del estudio de la transformación a lo largo del tiempo del uranio en plomo.

Tras la publicación en 1953 de los resultados de este estudio recibió el reconocimiento mundial y propuestas de ayuda financiera para profundizar en sus experimentos. Pero en ese proceso descubrió una realidad aterradora. Encontró que en los últimos cien años las concentraciones de plomo ambiental se habían duplicado por mil.

No le costó demasiado tiempo deducir las razones por las cuales la presencia de plomo se había disparado: el alto uso del plomo por su bajo coste, su facilidad de uso, su maleabilidad, lo habían convertido en un elemento de uso común en tuberías, en pinturas, en el sellado de las latas de conservas, en los tanques de agua, en los pesticidas, en los tubos dentífricos y en en muchos objetos de uso cotidiano, pero sobre todo por su uso en la gasolina de los motores de combustión cara a evitar la trepidación de los motores.

Patterson era perfecto conocedor de los devastadores efectos que poseía el plomo en la salud humana y por ello en 1963 público los resultados de su investigación sobre el plomo ambiental en un artículo firmado en colaboración con uno de sus mejores alumnos, poniendo su propio nombre en segundo lugar. Ello le acarreo graves consecuencias, dejó de recibir financiación de las grandes empresas, especialmente las petroleras, que presionaron a la Universidad de Pasadena para que fuera despedido. Incluso el Servicio de Salud de Estados Unidos cuestionó su trabajo.

La empresa automovilística contrató sus propios científicos y médicos para echar por tierra los estudios de Patterson, pero su perseverancia y metodología científica hicieron posible que el potente neurotóxico comenzara a desaparecer de la vida del ser humano. Le costó todo su prestigio y muchos años de lucha en contra del sector empresarial. Afortunadamente las evidencias y los estudios de Patterson por todo el mundo, convencieron a la Agencia de Protección del Medio Ambiente, que en 1973 dictaminó a su favor, determinando la reducción progresiva del plomo en los combustibles completada en 1986.

Desgraciadamente hoy día Patterson es un desconocido para el gran público ya que las grandes empresas y su poder lograron ocultar su talla intelectual, su moralidad y, sobre todo, su valía científica.

Para ver sobre la toxicidad del plomo ver:
http://cort.as/-ALun, Intoxicación por plomo y salud, Organización Mundial de la Salud.
http://cort.as/-ALvB, Saturnismo o plumbosis, Wikipedia.
http://cort.as/-ALvU, Intoxicación con plomo, Biblioteca Nacional de Medicina de los EEUU.

Vídeo:

Cosmos: 7- Tiempo antes del tiempo:

La tempestuosa juventud de la Tierra borró todas las huellas de sus orígenes. Para determinar la verdadera edad de la Tierra, el geoquímico Clair Patterson desarrolló el método de datación por uranio-plomo para hacer un descubrimiento-calcular la edad de 4,5 millones de años de la Tierra sin precedentes. 

Pero descubrimientos innovadores de Patterson apenas comenzaban. Patterson hizo su misión para llamar la atención del público a los efectos perjudiciales de plomo en el medio ambiente y dedicado su carrera a la lucha contra la industria petrolera y química, con el tiempo lograr la victoria más grande del siglo 20 de la salud pública.



domingo, 23 de diciembre de 2018

El don y el poder del coraje emocional - Susan David

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La tiranía del positivismo de la sociedad exige que los pacientes de cáncer se mantengan optimistas, que las mujeres no muestren ira y que los niños no lloren. Esta es una negación peligrosa del valor de las emociones, dice la psicóloga de Harvard, Susan David. Su conferencia TED acerca de la agilidad emocional proporciona un mapa de ruta hacia un futuro más resiliente y satisfactorio. 

  • Muchas personas se juzgan a sí mismas por tener emociones como ira, pesar o tristeza. Esta nueva forma de moralidad correcta niega muchas emociones humanas y dicta el positivismo.
  • Reprimir o negar ciertas emociones las hace más fuertes. En cambio, acepte las emociones desagradables como parte de su contrato con la vida. Solo los muertos están libres de este tipo de incomodidades.
  • Practique la agilidad emocional, una correspondencia con su propio corazón para toda la vida. Sea curioso y compasivo con sus emociones y actúe con valentía según sus valores.
  • Reconozca y acepte sus emociones y entienda lo que ellas revelan acerca de sus valores. Clasifíquelas con precisión para identificar sus causas y provocar que su cerebro actúe.
  • Los lugares de trabajo que permiten distintas verdades emocionales ven un compromiso y una innovación más altos entre sus empleados.

El don y el poder del coraje emocional

A los 15 años de edad la psicóloga Susan David tuvo que lidiar con la muerte de su padre y se volvió “la maestra del estar bien”. Un profesor perspicaz la exhortó a escribir sinceramente acerca de sus sentimientos. Ello la enseñó a ser correspondiente con sus emociones. Los escenarios internos de las personas definen cómo aman, viven, crían y lideran. Una encuesta a más de 70 mil personas reveló que un tercio de ellas se autojuzgaban por sentir las llamadas emociones malas, como ira o pesar, o las negaban. La sociedad clasifica algunas emociones como legítimas y otras como vergonzosas. Esta rigidez es tóxica y alimenta a una cultura de positivismo tiránico. Enfrascar o negar las emociones las fortalece. El dolor interno siempre surge. Solo los muertos están libres de los sentimientos desagradables. Considere estas emociones como parte de su contrato con la vida. Adopte la agilidad emocional, una correspondencia con su corazón, que comienza al aceptar emociones delicadas y desordenadas. Deje de pensar lo que debe sentir y descubra lo que siente. La aceptación le llevará a la resiliencia y a la felicidad.

Clasifique con precisión sus emociones. Nombrar su emoción le ayuda a revelar su causa y hace que su cerebro tome los pasos correctos para usted. Sus emociones son datos de lo que valora y le permiten actuar según sus valores. Pero no deben dictar su comportamiento. Reconózcalas y aprenda de ellas sin permitir que tomen el control. Evite enmarcar cualquier emoción con una declaración de “estoy”, por ejemplo, “estoy frustrado”. Esto combina su identidad con su emoción. Mejor diga: “noto que me estoy sintiendo frustrado”. La agilidad emocional significa ser curioso y compasivo con sus emociones y tener la valentía de actuar según sus valores. Normalizar las emociones en el trabajo libera a los individuos para que se hagan preguntas necesarias como: “¿Qué me está diciendo mi emoción?” “¿Qué acción me llevará hacia mis valores?” Esta consideración impulsa a las personas a su mejor versión y las hace más comprometidas e innovadoras. Las organizaciones prosperan al promover la verdad emocional. La agilidad emocional promueve la resiliencia en las vicisitudes de la vida.


Fuente: TED

domingo, 25 de noviembre de 2018

¿Cómo funciona nuestro cerebro? - Richard E. Cytowic

cerebro
Dos tercios de la población creen en un mito que se ha propagado por más de un siglo: que utilizamos solo el 10% de nuestro cerebro.

Nuestro cerebro con una gran población de neuronas ha evolucionado para utilizar la menor cantidad de energía a la vez que procesa la mayor cantidad de información posible – una hazaña que requiere todo el cerebro.  Richard E. Cytowic desmiente este neuromito y explica por qué no somos tan buenos con la multitarea.
lucyExisten varias películas en la que utilizan temas sobre el funcionamiento del cerebro y en ellas explican distintos puntos de vista, pero como siempre y como son películas les agregan algo más, algo ficticio. La película más reciente o de la que yo he escuchado es acerca de LUCY en ella plantean un tipo de creencia peculiar. En esta película se desarrolla una trama que se desenvuelve bajo la creencia de que el ser humano utiliza el 10% del funcionamiento total de su cerebro y explican que si el ser humano se enfocara en ampliar el funcionamiento de su cerebro podría alcanzar la obtención de habilidades inimaginables e incluso un conocimiento superior. Básicamente lo que se explica en esta película es que el cerebro humano se encuentra bloqueado en un 90%.


Ahora bien, Con respecto a la afirmación anterior de que el ser humano utiliza el 10% de su cerebro desde hace algunos años se ha considerado como un mito. En relación a esto muchos atribuyen que este mito se creó bajo la mala interpretación que se hizo de la frase del Psicólogo Williams James cuando afirmaba que la mayoría de los seres humanos no usan todo el potencial de su cerebro. A su vez, la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) atribuye que este mito pudo haber surgido también cuando surgió el término “corteza silenciosa” después de que Karl Lashley realizará exploraciones en el cerebro empleando shocks eléctricos, debido a que algunas áreas no reaccionaban a los shocks eléctricos, sin embargo, esa teoría es falsa.

Con respecto a esto la OCDE (2009, p. 178) asegura que gracias a la tecnóloga de la imagenología se ha demostrado que el cerebro funciona en un 100% a lo largo del día. A su vez, el neurólogo Richard E. Cytowic en el 2014 explica y desmiente este mito sobre el 10% del uso del cerebro en un video realizado para TED Ed.
Richard E. Cytowic explica que si el 90% del cerebro no se estuviera utilizando las neuronas pertenecientes a este porcentaje a lo largo de la evolución hubieran desaparecido.


De igual manera Cytowic (2014) explica que:



El cerebro funciona en un 100%, sin embargo, no todas las neuronas y células funcionan al mismo tiempo debido a que esto requeriría mucha energía, incluso más energía de la que el cuerpo podría sostener.

Por este motivo el cerebro activa una pequeña porción de las células de cada región para que exista una mejor comunicación entre neuronas y una mejor fluidez en su funcionamiento, de esta manera se utiliza la menor cantidad de energía y a su vez se transmite muchísima más información.


De igual manera Cytowic (2014) plantea que:



Para que exista una mejor eficiencia en el funcionamiento del cerebro las células que deberían estar activas al mismo tiempo oscilan entre el 1% y 16%.


En definitiva y para concluir, no es que el ser humano utilice solo un 10% de su cerebro, es que nuestro cerebro crea un plan energético para que las células de todas las áreas del cerebro se activen en pequeñas porciones al mismo tiempo para obtener un mejor funcionamiento y rendimiento.
Fuente: steemit.com

Vídeo:



¿Qué porcentaje de nuestro cerebro usamos?

- Richard E. Cytowic


Un mito perdurable dice que tan utilizamos sólo el 10% de nuestro cerebro.  El otro 90% permanece ocioso, disponible como reserva.   Mercanchifles prometen desbloquear ese potencial oculto con métodos “basados en la neurociencia,” pero lo que realmente desbloquean es su billetera.

Dos tercios de la población y casi la mitad de los profesores de ciencias creen erróneamente en el mito del 10%.    En los años 1890, William James, el padre de la psicología Americana,  decía, “La mayoría de nosotros no conocemos nuestro potencial mental.”

James planteaba esto como un reto, no como una crítica al desuso del cerebro.  Pero se creó un malentendido.  Además, los científicos no pudieron determinar por mucho tiempo el propósito de nuestros enormes lóbulos frontales o de amplias zonas del lóbulo parietal.

El daño cerebral no causaba déficits motores o sensoriales, así que las autoridades concluyeron que no hacían nada, durante décadas estas áreas fueron denominadas como zonas silenciosas, sus funciones eran esquivas.

Actualmente hemos comprendido que acentúan capacidades ejecutivas e integrativas, sin las cuales, difícilmente seriamos humanos.  Son cruciales para el razonamiento abstracto, la planeación, la toma de decisiones y la flexibilidad para adaptarse a las circunstancias.

La idea que 9/10 partes de nuestro cerebro están de inactivas carece de fundamento cuando calculamos cómo el cerebro usa la energía.  Los cerebros de roedores y caninos consumen 5% del total de la energía corporal.   El cerebro de los monos usa el 10%.  El cerebro de un adulto, que representa sólo el 2% de la masa corporal, consume el 20% de la glucosa diaria metabolizada, en niños esa cifra es del 50%, y en bebes del 60%.

Esto es mucho más de lo esperado para el tamaño relativo nuestros cerebros, en escala a la proporción del tamaño del cuerpo.   El de los humanos pesa 1.5 kilogramos, el cerebro de los elefantes 5 kg y el cerebro de las ballenas 9 kg, sin embargo en relación al peso, el de los humanos contiene más neuronas que cualquier otra especie.

Esta mayor densidad es lo que nos convierte en más inteligentes.   Hay una compensación entre el tamaño corporal y el numero de neuronas de un primate incluidos nosotros puede sostener.  Un mono 25 kg tiene que comer 8 horas al día para mantener un cerebro con 53 mil millones de neuronas.

La invención de la cocción, un millón y medio de años atrás, nos dio una gran ventaja.  Los alimentos cocinados son blandos y pre digeridos fuera del cuerpo.   Nuestro sistema digestivo absorbe más fácilmente su energía.  Cocinar libera tiempo y proporciona más energía que consumir alimentos crudos y así podemos sostener nuestros cerebros con una densidad de 86 billones de neuronas, 40% más que el mono.

Así es como funciona: La mitad de las calorías que el cerebro metaboliza son básicamente para  mantener intacta su estructura mediante el bombeo de iones de sodio y potasio a través de membranas para mantener una carga eléctrica.

Para ello, el cerebro tiene que ser un cerdo de energía que consume la asombrosa cantidad de 3.4 x 1021 moléculas de ATP (Adenosin Trifosfato) por minuto, los ATP son los carbones del horno del cuerpo.

El alto costo de mantenimiento de potenciales de reposo de las 86 mil millones de neuronas significa que poca energía queda para impulsar las señales desde los axones y la sinapsis, para las descargas nerviosas que realmente son realizadas.

Aunque sólo un pequeño porcentaje de las neuronas son encendidas en una región dada en un momento determinado, la carga de energía de los potenciales de acción sobre todo el cerebro simultáneamente seria insostenible.

Aquí es donde entra en juego la eficiencia energética.  Dejar que sólo una pequeña proporción de células envíen señales en un momento dado, conocida como “codificación aislada”, la cual utiliza la menor cantidad de energía, pero trasmite la mayor cantidad de información.  Debido a que un pequeño número de señales tienen miles de posibles caminos por los cuales distribuirse.

Un inconveniente de la codificación aislada dentro de un gran número de neuronas es su coste.  Peor aún, si una gran proporción de células nunca se disparan, entonces se convierten en innecesarias y la evolución debería haberlas eliminado hace mucho tiempo.

La solución es encontrar la proporción óptima de células que el cerebro pueda tener activas constantemente.  Para maximizar la eficiencia, entre el 1% y el 16% de las células pueden estar activas en un momento determinado.  Este es el límite de la energía que tenemos para vivir con el fin de ser conscientes en absoluto.

La necesidad de conservar los recursos es la razón por cual la mayor parte de las operaciones del cerebro debe ocurrir fuera de la conciencia. Es por ello que la multitarea es un engaño tonto, simplemente no tenemos energía para hacer dos cosas a la vez por no hablar de tres o cinco. Aunque lo intentamos, no somos capaces de hacerlo,  así utilicemos toda nuestra atención.  Los números están en contra de nosotros.

Su cerebro es realmente inteligente y poderoso.  Tan poderoso, que necesita una gran cantidad de energía para permanecer potente y tan inteligente que se ha construido sobre un plan de eficiencia energética.   Así que no dejes que un mito fraudulento te haga sentir culpable por  tu supuestamente perezoso cerebro.  La culpa sería un desperdicio de energía. Después de todo, ¿No te das cuenta que es necio desperdiciar energía mental?,  Tienes millones de neuronas poderosas y hambrientas que mantener.
Fuente: TED Ed

sábado, 3 de noviembre de 2018

¿POR QUÉ SOMOS TAN CURIOSOS?

de Cristina Saez · en ES, La Vanguardia
Dicen que mató al gato. Y cierto es que este dicho popular entraña mucha verdad. Pero la biología humana es un equilibrio continuo entre ventajas y desventajas. Y en nuestro caso, la curiosidad es la llave que nos permite aprender toda la vida. Gracias a ella hemos llegado a la luna, hallado nuevos tratamientos para el cáncer y viajado hasta los confines del planeta. Y, seguramente, hace millones de años nos hizo salir de África y conquistar el mundo.
CURIOSIDAD
(Reportaje publicado el 6 de diciembre de 2014 en el suplemento Estilos de vida, de La Vanguardia)
https://cristinasaez.files.wordpress.com/2014/12/0612-curiosidad-2.pdf
Léelo en PDF: El gusanillo que no cesa

També pots llegir la versió en català de l’article: El cuc que no cessa

O en texto seguido (esta versión varía un poco de la publicada, que está editada)

Reconózcanlo. Han leído el título de este artículo y les ha picado el gusanillo. Y no es porque este reportaje sea trascendental, ni les vaya a cambiar la vida. Lo cierto es que su decisión, estimados lectores, ha tenido mucho de irracional y de inevitable: sus cerebros están cableados de serie para que sean ustedes unos curiosos empedernidos. Y esa voracidad por saber es lo que los ha empujado a estar ahora mismo embarcados en esta lectura.

Confiesen, ¿no se han preguntado nunca por qué los insectos van irremediablemente hacia la luz? ¿O de dónde salen esas borlas de pelusa que aparecen debajo de la cama? ¿Y la arena de la playa, que viene y va? ¿Por qué nosotros, los humanos, no tenemos pelo en el cuerpo y los primates, nuestros parientes más cercanos, son superpeludos? O ¿cómo es que la luna parece cambiar de tamaño y el arco iris tiene forma de arco? ¿Hablarán los perros? ¿A qué se debe la forma de las nubes? ¿Se dan cuenta? Preguntas y más preguntas. ¿Qué pasa en nuestro cerebro que nos hace ser tan inquisitivos?

Para Luis M. Martínez, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante (CSIC-UMH) la respuesta es clara: “No tenemos otra opción que la de ser curiosos, porque esa es la forma en que funciona nuestro cerebro. Nos encanta saber las respuestas a las cosas, incluso aunque a veces no supongan beneficio alguno”.

Eso es cierto. Esa necesidad constante de saber nos empuja a hacer cosas tan poco productivas como leer sobre personas que ni siquiera conocemos (¿Realmente les importa si Tom Cruise tiene un romance con Miranda Kerr?); visitar y explorar lugares a los que nunca volveremos –somos los únicos animales que hacemos turismo-; o aprender a hacer sketchbooking, a hablar esperanto o a jugar a cricket, aunque ninguna sea una habilidad directamente útil para nuestra supervivencia.

Pero esa manía nuestra inquisitoria es también lo que nos ha llevado a la luna, a dar la vuelta al planeta, a desarrollar antibióticos, a hallar la tumba de Tutankamón, a escribir novelas, a indagar en la historia, a construir un acelerador de partículas, a descubrir los rayos X, a redactar artículos como éste, a formular la teoría de la relatividad. Y hablando de relatividad, decía el físico Albert Einstein que él no poseía ningún talento especial, tan sólo una curiosidad insaciable y alentaba a todo el mundo a no dejar jamás de hacerse preguntas. Porque ese es el motor del progreso de la humanidad. Y, en definitiva, uno de los ingredientes principales -o tal vez el principal-, que ha hecho que hoy hayamos llegado hasta aquí.

¿Cosa de humanos?

La curiosidad no es sólo patrimonio humano, aunque, eso sí, “somos la especie más curiosa del reino animal. Y eso es, precisamente, lo que nos hace únicos”, considera el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones en la Sierra de Atapuerca, que apostilla que en el fondo tiene que ver con nuestra necesidad y también capacidad de aprender constantemente, durante toda la vida.

“Los animales de cachorros, sobre todo los mamíferos, son muy juguetones y eso permite el aprendizaje. Se pasan el día explorando, como nuestros niños, probando las destrezas que luego van a necesitar de adultos. Pero una vez conocen las reglas del juego, su entorno, pierden esa curiosidad”, explica este experto en evolución humana, que puntualiza que los animales domésticos son un caso un poco excepcional porque están ‘infantilizados’ (Ver despiece).

Y es que tiene que ser así. Porque, como reza el dicho popular, la curiosidad mató al gato. Luis Martínez, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante, cuenta que los córvidos, los llamados pájaros de “mal agüero”, como los cuervos, los grajos o las urracas, de polluelos son unos cotillas temerarios. Sólo en el momento en el que han aprendido lo suficiente sobre el entorno en que viven, su cerebro desactiva esta capacidad. Off.

“Cuando estos pájaros son jóvenes no saben con qué pueden alimentarse y se tienen que arriesgar; pero una vez lo conocen, dejan de probar cosas nuevas, porque se pueden por ejemplo intoxicar y morir. Lo mismo ocurre con otras conductas. Por eso hay una especie de fecha de caducidad para la curiosidad”, añade este experto. ¿Y qué pasa con nuestra especie? Porque somos los únicos que, de adultos, “aunque nos volvamos más serios y menos juguetones –considera Arsuaga-, mantenemos cierto grado de curiosidad infantil toda la vida”. ¿Seremos acaso kamikazes?

Tal vez un poco, aunque no es esa la razón última de que conservemos ese rasgo de nuestra infancia. Para empezar, debemos diferenciar entre la curiosidad del resto del reino animal y la nuestra, que “transciende la mera supervivencia”, opina elinvestigador ICREA del Instituto de biología evolutiva (CSIC-UPF) Tomàs Marquès, quien estudia el genoma de los grandes simios y lo compara con el humano para comprender mejor nuestra propia historia.

“Los primates son curiosos, sí, pero no se preguntan acerca de cosas abstractas, de qué hay más allá. Cuentan con un lenguaje pero dudo de que se puedan responder la pregunta del por qué de las cosas. Un rasgo propio de los humanos es que gracias a la abstracción de la palabra podemos aprovecharnos de la curiosidad de generaciones anteriores para saciar nuestra necesidad de conocimiento. Como cuando los niños pequeños nos interrogan acerca del mundo, por qué pasa esto o aquello. Y eso los grandes simios no lo pueden hacer, por falta de lenguaje verbal abstracto”, razona este investigador.

Curiosidad para aprender

Que tengamos una mente inquisitiva de por vida que nos permita interesarnos por todo aquello que nos rodea es posible porque alargamos más que ningún otro animal el periodo de infancia. Es decir, somos según una teoría formulada y probada hace más de un siglo en el campo de la biología del desarrollo, ‘neotenios’, adultos con muchas características juveniles, tanto físicas como mentales, entre ellas la curiosidad.

Alison Gopnik es una psicóloga cognitiva de la Universidad de California-Berkely muy conocida por sus estudios con bebés y ha indagado acerca de esta teoría. Para esta neurocientífica, el hecho de poder disponer de un período muy extenso de vida como es la niñez en que nuestros padres cuidan de nuestras necesidades de supervivencia nos permite mecanismos de aprendizaje más poderosos y eso, a su vez, nos ayuda a crear modelos mentales consistentes del mundo que nos rodea. De alguna manera, es como si tuviéramos un bonus extra de tiempo en un laboratorio para testear la vida antes de salir a jugar de verdad la partida.

A diferencia de los animales, señala Gopnik, que juegan practicando habilidades básicas como cazar o luchar, los niños se divierten creando escenarios posibles con reglas artificiales en que van testeando hipótesis. “Durante la infancia construimos el cerebro y la maquina cognitiva que necesitamos para explorar el mundo”, considera esta investigadora.

Para Luis Martínez, del IN, “si no fuéramos curiosos, no podríamos acumular la información que necesita el cerebro sobre probabilidades de que un determinado suceso ocurra. Y entonces, nos sería francamente complicado sobrevivir”.

Y para alentarnos a acumular conocimiento, la evolución nos ha dotado de un mecanismo muy útil, el placer. De la misma manera que ocurre con otras conductas que garantizan nuestra supervivencia, como comer, relacionarnos con los demás o el sexo, básico para la reproducción, resulta que satisfacer una curiosidad es gustoso, nuestro cerebro nos recompensa con un baño de dopamina, un neurotransmisor responsable de la sensación de fruición.

“Es el momento ‘¡ajá!’ o ¡Eureka!’ que te da subidón, como si hubieras ganado la lotería. Y seguramente es la misma sensación que experimentas cuando llevas días sin comer y encuentras alimento. Cualquier proceso cerebral que conduce a la supervivencia está primado con una recompensa placentera en todos los animales”, explica Martínez.

Además, se ha visto que cuanto más curiosos somos sobre un tema, más fácil es recordar información. En 2009 un equipo de investigadores la Universidad de California Caltech publicaron en la revista Neuron los resultados de un estudio acerca de la curiosidad. Hicieron un experimento con 19 estudiantes a los que sometieron a preguntas de trivial del tipo ‘¿Qué single de los Beatles se mantuvo más semanas en la lista de éxitos?’ O ‘¿Qué significa dinosaurio?’.

Tras leer cada pregunta, los estudiantes debían intentar adivinar en silencio la respuesta mientras los sometían a un escáner cerebral. Los científicos vieron que somos más curiosos cuando sabemos un poquito sobre el tema y que la curiosidad activaba varias áreas del cerebro relacionadas con el sistema de recompensas y la memoria. Los investigadores también se percataron de que si a los participantes les picaba el gusanillo, eran capaces de aprender más cosas a la vez, aunque no estuvieran en el foco de su interés.

“La curiosidad puede poner al cerebro en un estado que le permite que aprenda y que retenga cualquier tipo de información”, afirmaba Matthias Gruber, principal autor del estudio, en un comunicado de prensa de Caltech. Y ponía un ejemplo clarificador: según lo que han descubierto, si eres muy fan de Juego de Tronos o de Breaking Bad y estás viendo el episodio final, tiempo después te acordarás no sólo de lo que ocurrió, sino también de qué estabas cenando mientras lo veías y qué hiciste antes o después. Esto podría ser muy útil de cara al sistema educativo. Atraer la curiosidad de los chavales abre una ventana al aprendizaje, defiende Francisco Mora, neurocientífico y autor de “Neuroeducación. Sólo se puede aprender aquello que se ama” (Alianza Editorial, 2013).

Por qué no existe un gen de la curiosidad

De acuerdo, todos venimos de serie con un cerebro curioso, pero es cierto que hay individuos que lo son más y otros menos. Hay científicos que han tratado de buscar un sustrato genético en esa diferencia, ver si esa especie de urgencia que sentimos por saber tiene que ver con nuestro genoma y han descubierto que hay una mutación que podría tener algo que ver. 

Todos los seres humanos contamos con un gen llamado DRD4 que ayuda a controlar la dopamina, esa molécula del placer que tiene un papel esencial en el aprendizaje y en el sistema de recompensas interno del cerebro. Al parecer, existe una variante de ese gen, un alelo, el DRD4-7R, que está relacionado con una mayor predisposición hacia la inquietud intelectual. Quienes tienen esta mutación, han hallado estos estudios, son más proclives a tomar riesgos, explorar nuevos lugares, ideas, comidas, relaciones, oportunidades sexuales.

Pero hay científicos que incluso van más allá y afirman que este alelo es el responsable de que los humanos decidiéramos salir de África. Un estudio realizado en 1999 por investigadores de la Universidad de California halló que esta variación era más común en sociedades migratorias. En 2011 se realizó un nuevo estudio que confirmaba esta idea: descubrieron que este alelo junto con otro llamado 2R solían ser más comunes en aquellas poblaciones cuyos ancestros habrían migrado mayores distancias tras el éxodo africano. 

¿Quiere decir que ese alelo es el responsable de la curiosidad? “Ni mucho menos, son variantes de genes asociadas, pero en ningún caso deterministas”, matiza Marquès, que es también investigador del Centro Nacional de Análisis Genómicos (CNAG).

¿Y cómo se puede explicar, pues, que hay gente más curiosa que otra? “En general –explica el neurocientífico Martínez, del IN-, la variabilidad en cuanto a la curiosidad es como una campana de Gauss [como una U al revés]; la mayoría de población se sitúa en el centro, suele ser muy curiosa de pequeña y luego de adulto esa curiosidad remite, puesto que el cerebro ya tiene suficientes estadísticas del mundo. En el extremo izquierdo se sitúa la gente que no es para nada curiosa, que se acomoda rápidamente a cualquier información; y en el derecho aquellos que sienten una curiosidad insaciable”.

Seguramente las mentes más brillantes estén en ese último extremo, inquisitivas insaciables. Son también las más atrevidas y temerarias, las que se lanzan a explorar el mundo sin saber qué hay más allá. Aunque les cueste la vida. Pero “son los que van a hacer que la sociedad avance, evolucione, porque se van a atrever a probar cosas nuevas, a diferencia de la mayoría de la población. Desde un punto de vista evolutivo, tiene que ser así. Si nadie se hubiera atrevido en las sociedades cazadoras recolectoras a probar cosas nuevas, los recursos se hubieran acabado y todos hubieran muerto de hambre. Pero si todos se hubieran arriesgado a comer alimentos desconocidos, probablemente muchos hubieran muerto intoxicados. La naturaleza busca un cierto equilibrio, así se garantiza la supervivencia de la especie”, añade Martínez.

Eso sí, o la curiosidad se estimula de adulto o… se pierde. Cuanto más acomodemos el cerebro a un tipo de comportamiento, menos curioso va a ser. En cambio, cuanto más lo acostumbres a buscar respuestas alternativas, mayor curiosidad conservará. “Esa es una de las razones por las que la educación convencional no funciona. Porque acomoda a los niños a una única respuesta continua y los fuerza a perder la curiosidad, lamentablemente”, considera el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga.

Yin y yang

Quizás, este impulso que sentimos por explorar cuestiones para las que no tenemos respuestas es uno de los rasgos que nos definen como seres humanos. “Hay diferentes áreas en ciencia que intentan abordar la complejísima cuestión de qué define la humanidad. Y una de las cuestiones que toman en consideración es la curiosidad, aunque es sólo una hipótesis”, comenta Tomàs Marquès, del IBE.

Para Svante Pääbo, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, ubicado en Leipzig (Alemania), que, como Marquès, usa la genética para estudiar los orígenes del ser humano, la curiosidad propicia que “saltemos límites, nos adentremos en nuevos territorios, incluso cuando tenemos recursos donde estamos. Otros animales no lo hacen. E incluso hay humanos que tampoco”. De hecho, puntualiza Marquès, los neardentales estuvieron en el mundo durante cientos de miles de años pero no se expandieron. Tampoco los chimpancés.

Y en cambio nosotros conquistamos el mundo. ¿Qué nos sacó de África, nos hizo caminar por territorios desconocidos? ¿Qué nos empujó a echarnos a la mar sin saber qué había más allá? ¿O construir naves para ir a Marte? “La curiosidad ha tenido que ser un factor muy importante en nuestra evolución. No es sólo un tema de capacidad intelectual, de lenguaje, de cooperación. Para llegar hasta donde estamos, tiene que haber algo fundamental, que es que te preguntes qué hay más allá, con los peligros que comporta”, considera Marquès.

Seguramente, nuestra biología se caracteriza por una especie de yin y yang constante. Tenemos ventajas que nos cuestan compensaciones. Vivimos muchos años, pero enfermamos. Tomamos riesgos para avanzar; algunos fracasan, incluso mueren. Pero otros abren nuevos caminos y son los que hacen que la sociedad avance.

DESPIECES

Cosas de niños

“¿Por qué con unos ojos tan pequeños vemos cosas tan grandes?” le preguntó su sobrino de cuatro años al neurocientífico Luis Martínez. “Me quedé totalmente alucinado, sobre todo porque yo estudio en mi laboratorio el sistema de visión. Y el niño tenía razón, tenemos sensores en los ojos muy pequeños, como una cámara fotográfica, pero nuestro mundo es enorme. ¿Cómo se resolvía aquella paradoja?”, explica este investigador.

Junto a su equipo, comenzó a estudiar este problema hasta que a comienzos de 2014, publicaron en la revista Neuron, en portada, la respuesta a aquella curiosidad infantil. “Hemos necesitado 12 años para solventarla”, exclama Martínez. Al parecer, nuestro ojo cuenta con un “sensor”, una capa de fotorreceptores, hipersesible, capaz de captar unos 70 Gigabytes de información por segundo, el equivalente a unas siete películas en HD. Enviar todos esos datos al cerebro sería poco eficiente porque éste necesitaría demasiado tiempo para procesarlos. En su lugar, Martínez y su quipo vieron que “de los 100 megapíxeles de resolución que tiene cada ojo, se envía sólo uno”, explica el investigador que añade que “el cerebro ha encontrado la manera a través de circuitos neuronales muy preciosos de usar un algoritmo que descomprime esa información de nuevo y además la amplía”. Estos científicos hallaron el dispositivo y el algoritmo que se encargan de este proceso en el ojo del gato, donde el problema es similar al del humano. “Aún no se lo explicado a mi sobrino”, bromea Martínez.

Siempre cachorros

Curiosamente, en los animales domésticos se produce un fenómeno de infantilización similar al de los humanos. No sólo en la edad adulta conservan rasgos de cuando eran cachorrillos, sino también algunas características del carácter infantil: son más juguetones, curiosos y menos miedosos de relacionarse con humanos que un animal salvaje.

En un congreso internacional de paleontología celebrado en el Instituto Salk de Estudios Biológicos recientemente diversos estudios constataron que la domesticación de los animales hace que estos se desarrollen más lentamente. De cachorros, los perros, gatos y otras mascotas son menos miedosos y en contacto con humanos, aprender a cooperar. Prolongar este periodo de desarrollo favorece el aprendizaje crucial para la domesticación. Eso explicaría por qué presentan neotenia.

¿Vicio o virtud?

Aunque hoy en día curiosidad se considera una característica positiva que implica un interés intrínseco en el mundo, esta palabra tiene una larga historia y durante siglos fue considerada un vicio desdeñable. El físico, químico y divulgador científico Philip Ball explora en su último libro “Curiosidad. Por qué todo nos interesa” (Ed Turner Noema, 2013) a lo largo de la historia cómo ha variado este concepto. “En la Antigua Grecia y Roma, no tenía para nada una connotación positiva; era sinónimo de ser alguien entrometido, que metía la nariz en asuntos que no eran de su incumbencia. Se consideraba un defecto. Porque auqello que hacían los filósofos, como Platón o Aristóteles, de tratar de entender el mundo, no era considerado curiosidad”, explica este escritor a Estilos de Vida en una conversación telefónica.

En aquella época, la curiosidad estaba relacionada con cosas más triviales y así lo estuvo hasta el siglo XVII, momento en que el mundo, señala Ball, pasó de ser básicamente medieval a algo que ya se parecía más al mundo moderno. Fue entonces cuando los científicos comenzaron a hacer ciencia. “Empezaron a explorar cosas como la gravedad, el magnetismo, la composición del mundo. Se produjo una especie de liberación de la curiosidad, en buena medida porque el Renacimiento que vivió Occidente convirtió en aceptable empezarse a hacerse preguntas y no tratar de buscar todas las respuestas en los viejos manuscriros griegos y romanos. Se impuso una actitud de buscar respuestas a través de la experiencia directa con el mundo, que era lo que se necesitaba para que la ciencia pudiera arrancar”, considera Ball.

Esa incipiente curiosidad científica condujo al avance del conocimiento, así como al desarrollo de herramientas muy poderosas, como el telescopio y el microscopio, por ejemplo, instrumentos que ayudaban a averiguar más sobre el mundo. Un ejemplo reciente, para Ball, es el Gran colisionador de hadrones (LCH), ubicado bajo tierra en Suiza, “una máquina de descubrir […] que puede llegar a cambiar profundamente nuestra concepción del universo, prosiguiendo así con una tradición de curiosidad que es tan antigua como el propio género humano”, considera este autor, editor de la prestigiosa revista Nature durante más de 20 años.

Fuente: CRISTINA SÁEZ





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Doctor en física de partículas e ingeniero de telecomunicaciones, Javier Santaolalla compagina su labor investigadora con su vocación divulgadora. Convertido en uno de los principales divulgadores científicos españoles, asegura que “el problema no es que las personas no tengan curiosidad, sino que ha habido pocos científicos que se acercaran a la gente”.

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