El Rincón de la Ciencia, Tecnología y el Conocimiento

“Ahora para encontrar trabajo hace falta un máster. ¿Qué será lo próximo? ¿El Nobel? Entrevista al educador Ken Robinson

Publicado por El Rincón de la Ciencia, Tecnología y el Conocimiento en Jueves, 21 de julio de 2016

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FRASES DE CIENCIA

domingo, 1 de abril de 2012

¿El jabón antibacteriano sirve para acabar con los gérmenes?

antibacterial

La primera vez que viajé a EEUU, descubrí que, además de las tiendas donde venden vitaminas de todo tipo, también proliferaba de forma masiva la venta de jabón antibacteriano en gel, con el que te podías lavar las manos en seco en cualquier momento del día. De un tiempo a esta parte, la moda de esta clase de jabones ya ha llegado a países como España. Presuntamente, estos jabones contienen sustacias específicas para acabar con los gérmenes, pero ¿es realmente es así?
 
Lo cierto es que un simple lavado con jabón normal, frotándonos durante unos 30 segundos, ya es suficiente para acabar con decenas de miles de microbios de nuestras manos. Suponiendo que no vamos a lamer nuestras manos, probablemente ya será suficiente, tal y como señala George Fischler, director de microbiología de Dial Soap:
La mayoría de los organismos patógenos provocan enfermedades cuando se ingieren en cantidades entre mil y diez mil.
El jabón antibacteriano incluye un agente llamado triclosán, que puede reducir, si se usa de forma apropiada, el número de gérmenes de nuestras manos. Pero Allison Aiello, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan, no cree que sea así. Sus laboratorios no han descubierto nos beneficios antibacterianos del triclosán comparado con el jabón normal, incluso tras tres minutos de limpieza.
 
Algunas bacterias son dañinas y pueden causar enfermedades, pero lo cierto es otros tipos de bacterias son buenas para el organismo, y usando un jabón antibacteriano matamos todos los tipos de bacterias. Además, el Comité Científico de Seguridad de los Consumidores (CCSC) de la Comisión Europea concluye que, hasta la fecha, no hay pruebas de que el uso del triclosán conduzca un aumento de la resistencia a los antibióticos. Sin embargo, es demasiado pronto para afirmar que la exposición al triclosán no deriva en resistencia microbiana en ningún caso, ya que aún no se dispone de información suficiente para hacer un análisis de riesgos completo.
 
Ahora, con la moda de esta clase de jabones, estamos echando grandes cantidades de triclosán por los sumideros de nuestros baños. Un estudio, publicado en 2010, que ha sido llevado a cabo por científicos del Institut Català de Recerca de l’Aigua (ICRA), nos advierte sobre los posibles efectos tóxicos del triclosán y su persistencia en los sistemas fluviales, ya que el proceso de depuración de las plantas de tratamiento no puede eliminarlo.



Generando Paranoia – Lava Con Protex Bien Tus Manos (Spot Publicitario)

protex

La idea de una publicidad, siempre es tratar de generar una necesidad en la gente. Normalmente, una necesidad de confort o un placer adicional. Pero hay un límite… No se debería tratar de inculcarle a la gente una sensación de inseguridad propia de una paranoia con tal de aumentar las ventas de un producto. Sin embargo muchos lo hacen, ya que opinan, al estilo de Maquiavelo, que “el fin justifica los medios“…

Generando Paranoia - Lava Con Protex Bien Tus Manos


Acá tenemos un ejemplo de eso. Abajo está la letra de la canción que, para colmo, es pegadiza…
Letra
No te lavaste las manos
Hay bacterias en todo lo que tocamos
Te puedes enfermar
Varias veces te las tienes que lavar

Espera!
Después de ir al baño
Espera!
Después de jugar un rato
Espera!
Después de toser o estornudar
O si a tu mascota acabas de tocar

Lava con Protex bien tus manos
Dale una mano a tu salud
Protex, para la buena salud de la piel
Error de animación: noten como, en el segundo 22, al “desinfectarse las manos”, todavía quedan algunas supuestas bacterias dando vueltas! 

Fuente:  

 




Antibacteriales en exceso elevan riesgo de alergias
 

Niveles altos de tricolosán hace más vulnerable al organismo


EL UNIVERSAL
 
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Atlanta.- Una exposición excesiva a los jabones antibacteriales aumenta las posibilidades de sufrir de alergias, según estudio de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos.
 
Los niveles altos del compuesto químico Triclosán, que se utiliza en jabones, pastas dentales, bolsas de pañales y otros productos catalogados como antibacteriales, estaría vinculado a un mayor número de diagnósticos de alergias y fiebre del heno, conocida también como rinitis alérgica.


"Encontramos que los niveles altos de triclosán en niños de seis años o mayores estaban asociados a una mayor cantidad de diagnósticos de casos de alergias y fiebre del heno", dijo a Efe Allison Aiello, investigadora principal del estudio.

Los científicos también encontraron que los mayores de 18 años y con niveles más altos de triclosán eran más propensas a ser diagnosticadas con alergias y fiebre del heno.

La experta señaló que este hallazgo puede "sustentar la 'hipótesis de la higiene'", según la cual, la vida en ambientes muy limpios afecta la forma en la que el cuerpo reacciona a la exposición de microorganismos beneficiosos para el desarrollo inmunológico.
 
Para la investigadora, esto demuestra que una persona puede ser "excesivamente limpia" lo que, paradójicamente, llega a afectar su salud.
Fuente: 




Jabón antibacteriano con triclosán podría ser peligroso

La Administración de Alimentos y Drogas de los Estados Unidos (FDA, Silver Spring, MD, EUA) ha reconocido que puede haber preocupaciones de seguridad con respecto al triclosán, un ingrediente que se encuentra en productos para el consumidor, como los jabones antibacterianos, la pasta dental y los cosméticos, las ropas y los juguetes.



En una actualización en la página Web de la FDA, la agencia dijo que no se sabe actualmente si el triclosán es nocivo para los seres humanos; la FDA reconoció que la agencia está revisando toda la evidencia disponible sobre la seguridad de triclosán en productos de consumo, y que las conclusiones de esta revisión podrían ser dados a conocer en la primavera de 2011. El comunicado de la FDA también señaló que la agencia no tiene evidencia de que el triclosán sea mejor que el jabón y agua para la limpieza, pero que carece de pruebas de seguridad suficientes para recomendar el cambio de uso de los consumidores de los productos que contienen triclosán.


"Actualmente no se sabe que el triclosán sea peligroso para los seres humanos. Sin embargo, han surgido varios estudios científicos, desde la última vez que la FDA revisó este ingrediente, que merecen una revisión adicional”, aclaró el comunicado. "Los estudios en animales han demostrado que el triclosán altera la regulación hormonal. Sin embargo, los datos que muestran los efectos en animales no siempre predicen los efectos en humanos. Otros estudios realizados en bacterias han planteado la posibilidad de que el triclosán contribuya a que las bacterias se vuelvan resistentes a los antibióticos. "


"Ya era hora de que la FDA hubiese expresado su preocupación sobre los productos químicos antibacterianos como el triclosán", dijo Sarah Janssen, MD, una científica en el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (NRDC, Nueva York, NY, EUA), un grupo promotor de salud pública. "El público merece saber que estos así llamados productos antibacterianos no son más efectivos para la prevención de las infecciones que el jabón y el agua y, de hecho, pueden ser peligrosos para la salud en el largo plazo".


El triclosán, un policloro fenoxifenol, es un agente antibacteriano y antimicótico. Es un ingrediente en muchos detergentes, lavavajillas líquidos, jabones, desodorantes, cosméticos, lociones, cremas antimicrobianas, pastas de dientes, y quizás algún aditivo en diversos plásticos y textiles. Sin embargo, más allá de su uso en pastas de dientes para prevenir la gingivitis, no hay evidencia de que el triclosán proporcione un beneficio extra a la salud en otros productos de consumo; de hecho, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de los Estados Unidos ha registrado al triclosán como un plaguicida.


Fuente:  

Ciencia vs pseudociencias

"En sociedades presididas en principio por la racionalidad, cuando ésta se diluye o se disloca, los ciudadanos se ven tentados a recurrir a formas de pensamiento prerracionalistas. Se vuelven hacia la superstición, lo esotérico, lo ilógico, y están dispuestos a creer en varitas mágicas capaces de transformar el plomo en oro y los sapos en príncipes. Cada vez son más los ciudadanos que se sienten amenazados por una modernidad tecnológica brutal y se ven impelidos a adoptar posturas recelosas antimodernistas." '- Ignacio Ramonet  en su libro Un mundo sin rumbo: crisis de fin de siglo [1]:

Por: Javier Armentia

ciencia  seudociencia

1. Introducción: la paradoja actual
Es cierto que nos enfrentamos a una situación paradójica: por un lado podemos recoger numerosos indicadores de la creciente importancia (y necesidad) de la ciencia y sus tecnologías en la sociedad actual, de la cada vez mayor relevancia de la llamada comunicación social de la ciencia (periodismo, divulgación, museos o centros de ciencia, mundo educativo.... que constituyen los enlaces actuales entre la investigación científica y los ciudadanos); por otro, la valoración o apreciación social de esta misma ciencia no se ajusta con el papel que tiene en la sociedad. Pero además, podemos percibir un creciente irracionalismo, asociado normalmente con lo que en este trabajo denominaremos globalmente pseudociencias (que definiremos por extensión y por exclusión en el apartado siguiente). 

La paradoja estriba en que si ahora mismo se obviaran los productos de la tecnociencia la civilización humana colapsaría. A pesar de que se desconozca o se minusvalore, la ciencia -¡atención! también culpable de complicidad con los sistemas económicos y de poder, no se crea en una especie de torre de marfil por encima del bien y del mal-, la ciencia, decíamos, es el sustrato base de nuestro presente y la única vía factible de futuro. El problema deriva en una percepción de la ciencia como una especie de iglesia con sus rituales y sus oficiantes: los ciudadanos llegamos, por lo general, a disfrutar de los dones de la ciencia pero sin llegar a comprenderlos ni a analizarlos. El que esto sea erróneo y equívoco no quita para que algo así suceda. Cuando por una razón u otra se hurta o evita el debate, la libre crítica que está en el fondo del método científico, queda la liturgia. Y las pseudociencias aprovechan este abismo entre ciencia y sociedad para aparecer como ciencias cuando realmente no lo son.
 
2. Pseudociencias: hacia una definición.
No podemos ahondar más en el análisis presente sin realizar algún tipo de definición de las pseudociencias. Ciertamente, no es un tema sencillo, aun cuando etimológicamente equivalga a "falsas ciencias": disciplinas, por lo tanto, que si aparentemente se revisten del manto de la ciencia, no lo son en realidad. El término "falso" parece indicar, siendo además por lo general cierto, una cierta intención de engaño consciente: a menudo se intenta tal disfraz con el interés de dar una respetabilidad que poseen los productos de la ciencia, y abusar del marchamo científico a la hora de acallar las posibles críticas.

En otros casos, se usa el prefijo para como identificador de algunas de estas disciplinas, como es el caso de la parapsicología, o en el genérico de "fenómenos paranormales": se pone así de manifiesto el propio interés de los promotores de tales disciplinas por situarse al margen de la corriente principal de la ciencia. Muy normalmente, en estos sectores se caracteriza al conocimiento científico de "ciencia oficial", con el claro interés de desprestigio que supone adscribir la ciencia a un cierto establishment dogmático. Algo que ha encontrado cierto eco en lo que se denomina el pensamiento postmoderno o el relativismo cultural, según cuyos postulados el conocimiento científico no es sino uno de entre los posibles, sujeto a los mismos vaivenes e influencias irracionales que otras actividades humanas. Nos llevaría fuera del objetivo de este trabajo realizar una crítica del postmodernismo. Recomendamos, en cualquier caso, el trabajo de Sokal y Bricmont Imposturas Intelectuales,[2] que pronto va a ser publicado en castellano.
 
Epistemológicamente, sin embargo, resulta complicada la definición de pseudociencias, por cuanto es una definición negativa: "lo que no es, aunque parezca, ciencia". Plantea inmediatamente la cuestión sobre qué o quién dictamina el que sea o no ciencia. Es decir, nos sumerge en el tormentoso asunto de la definición de ciencia, y sus criterios de demarcación, un tema que ha ocupado una buena parte de la discusión filosófica de nuestro siglo. Para un análisis en profundidad de este tema, recomendamos la lectura de los artículos de William Grey titulados "Ciencia y psi-encia: la ciencia y lo paranormal" [3]. El también filósofo Paul Kurtz [4] comenta que las pseudociencias son materias que:
"a) no utilizan métodos experimentales rigurosos en sus investigaciones;
b) carecen de un armazón conceptual contrastable;
c) afirman haber alcanzado resultados positivos, aunque sus pruebas son altamente cuestionables, y sus generalizaciones no han sido corroboradas por investigadores imparciales."
Nos puede valer esta caracterización por cuanto apunta a rasgos que con suficiente información uno puede intentar evaluar. Así, tenemos el asunto del armazón conceptual, que podríamos redefinir como "la existencia de hipótesis no refutables o no falsables" (en el sentido popperiano). Sin entrar en detalle en la cuestión de la falsabilidad, esta característica está presente en muchas pseudociencias. Pongamos unos ejemplos:
  • El psicoanálisis es una teoría de la mente que impide la realización de experimentos que puedan ser falsados. Una afirmación clásica (y básica para el desarrollo de su teoría psicopatológica) del psicoanálisis es que todos los hombres tienen tendencias homosexuales reprimidas. Intentemos realizar una prueba que permita descubrir si esta hipótesis es científica: un test de conducta y tendencia que dilucide si el sujeto tiene tales tendencias. Si el test falla, el psicoanalista dirá que esto es así porque las tendencias están reprimidas, y no salen a la luz; si el test resulta correcto, el psicoanalista lo interpretará como una comprobación de su hipótesis. No hay manera, por lo tanto de saber si la hipótesis puede ser falsa, y por lo tanto no es científica.
  • Otro caso extremo lo da una teoría solipsista. Sea: "Yo, Javier Armentia, acabo de crear el mundo hace 25 minutos y medio, con todo lo que se puede ver ahora en él, incluyendo al lector de este artículo". No hay manera de refutar esta trasnochada teoría: si alguien dice que él tiene recuerdos de su infancia, o pruebas de que allí estuvo, sus familiares, fotos, etc... siempre le podré contestar que yo acabo de crear todo eso, incluso la memoria de ese pasado inexistente. Bien, algo similar afirman los llamados creacionistas evangélicos, para quienes la Biblia es literalmente cierta. Si alguien intenta explicar que es imposible que el mundo se creara hace sólo 6.000 años, como afirman, porque hay fósiles y rocas más antiguos, porque ahora nos llega la luz de galaxias mucho más lejanas que 6000 años-luz, ellos responden que Dios, en su infinita providencia, creó tales pruebas falsas: creó la luz en camino hacia la Tierra, y plantó los fósiles y rocas antiguas...
  • Pensemos, finalmente, en la homeopatía, doctrina médica según la cual diluciones extremas de un principio activo son capaces de tener los mismos (o superiores) efectos que el principio sin diluir. Las diluciones homeopáticas son tan extremas que ni siquiera tomando el equivalente al agua de todos los océanos de medicina homeopática existe una posibilidad real de encontrar una sola molécula de tal principio. Una dilución homeopática CH14, típica por ejemplo en algunos de los medicamentos que se venden actualmente en nuestras farmacias contiene 10-28 partes de soluto (principio) por cada parte de disolvente (agua normalmente). Si recordamos de la química que el número de Avogadro nos da el número de moléculas presentes en un mol, 6.023 x 1024, en un mol de medicina de este tipo habría típicamente 10-3 moléculas: se harían necesarios al menos 1000 moles (varios metros cúbicos) para encontrar una molécula. Y esto con un CH14, que normalmente se encuentran en estas farmacias diluciones hasta CH18 o CH20. ¿Es posible realizar un test sobre la homeopatía? Difícilmente: si sale negativo, los homeópatas suelen afirmar que ello se debe a que su "medicina" no habla de enfermedades, sino de enfermos, con lo que las pruebas epidemiológicas no resultan adecuadas. Las pruebas químicas tampoco valen: ellos no reniegan (ahora, no ciertamente hace dos siglos) de la química, sino que invocan a una entelequia informacional, algo llamado "la memoria del agua", completamente indetectable, y no refutable, por lo tanto.
Por otro lado, es cierto que los proponentes de las pseudociencias son normalmente muy reacios a la evaluación o público escrutinio de sus experimentaciones. Esto ha venido sucediendo, por ejemplo, en la parapsicología durante el último siglo. A menudo, un presunto psíquico (persona de la que se afirma que tiene poderes mentales no convencionales {1}) pierde sus facultades cuando el experimento se diseña de manera que se eviten las posibilidades de fraude, es decir, de conseguir los resultados mediante trucos, como hacen los ilusionistas y mentalistas. Suele aducirse entonces la existencia de una especie de fuerza mental negativa que surge normalmente de los escépticos, y que bloquea a estas personas "sensitivas".
 
Algo similar sucede en el caso de los videntes y astrólogos. A pesar de ganarse la vida, a menudo, con sus actividades, muy pocas veces permiten hacer pruebas sobre sus poderes. De hecho, ellos mismos suelen sobreestimar sus capacidades cuando se puede contrastar su habilidad, como mostró, estudiando predicciones publicadas de más de una decena de videntes españoles Luis Angulo [5]. A pesar de que afirmaban ser capaces de adivinar correctamente por encima del 90%, lo cierto es que ninguno superaba el 20% de aciertos, incluyendo como tales obviedades del estilo "en verano habrá incendios", etc. 

Se suele olvidar un principio fundamental del método científico, expresado en la máxima de Hume: "el peso de la prueba reside en quien hace la afirmación", y completado con "afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias". Más adelante hablaremos del papel del escepticismo científico, pero ateniéndonos a estas máximas vemos cómo sistemáticamente las pseudociencias hurtan el análisis para evitar tener que demostrar sus afirmaciones. Uno no tiene que demostrar que no existen platillos volantes: pero debe exigir a quienes afirman que son naves extraterrestres que aporten las pruebas suficientes para soportar tal teoría. Y que además esas pruebas sean "extraordinarias": es decir, que no sean circunstanciales o un conjunto de casos curiosos. Podemos entender esto con una analogía: si yo afirmara que en el salón de casa tengo una vaca, la afirmación podría parecer a cualquiera curiosa o extravagante. Pero podría ser creído sin más (por otro lado, bastaría con visitar el salón de mi casa para comprobar la veracidad de mi afirmación). Pero si lo que afirmo tener en casa es un unicornio, las cosas cambian: la ciencia no ha encontrado nunca un unicornio, por lo que mi afirmación es extraordinaria. En este caso no bastaría con que yo mostrara mi casa a una persona (o varias), sino que estaría obligado a permitir que expertos -zoólogos en este caso- comprobaran que lo que hay en mi salón realmente es un unicornio, y no un caballo con un cuerno de pega en la frente...
 
Evidentemente, el mundo de las pseudociencias es tan amplio como lo son las fronteras de la ciencia, donde se suelen quedar, adquiriendo un marchamo de "alternativo" que resulta muy del gusto de esta época de pensamientos blandos y Nuevas Eras. Pero podemos distinguir dos tipos fundamentales, atendiendo al grado de "alarma social" que pueden crear. Es claro que leer horóscopos, o frecuentar las mesas de adivinos no suele provocar mayores males que una pérdida económica. Acaso, ciertos sujetos sin escrúpulos que aprovechan su consulta de videncia para robar a las víctimas todo su dinero y posesiones serían lo más grave en este tipo de pseudociencias. Igualmente, algunas personas especialmente susceptibles pueden llegar a hipotecar su vida por lo que les digan o dejen de decir estas personas. En este grado, cercano al mundo de los timadores, están los productos milagro, como el agua imantada que hace unos años llenó los hogares españoles de imanes en torno a los grifos de agua corriente. Las maravillas que prometían estos inventos del TBO eran tan inexistentes como la posibilidad de imantar el agua... Jugando con la incultura científica, estas compañías hacían su agosto vendiendo imanes de quinientas pesetas a quince mil.
 
Lo mismo sucede con el asunto de los platillos volantes: son creencias en principio no dañinas para el conjunto de la sociedad. Una vez más, con la salvedad de fenómenos sectarios como el sucedido el año pasado al hilo de la venida del cometa Hale-Bopp con la secta "Heaven's Gate", cuyos adeptos se autoinmolaron buscando la salvación de sus amigos extraterrestres. En una escala superior de peligrosidad está precisamente el mundo de las sectas, que a menudo utiliza el atractivo de lo paranormal o pseudocientífico para conseguir nuevos adeptos. En el fondo, sin embargo, la peligrosidad de estas sectas es un asunto difícil de definir, por cuanto el límite entre lo que se conoce como secta y una religión establecida podría no ser mucho más que demográfico. 

Posiblemente, el grado más alto de la escala lo ocupan las pseudociencias asociadas a los temas sanitarios. Las mal llamadas medicinas alternativas suponen en muchos casos un peligro real. Un ejemplo está en el caso aireado hace un par de años en Barcelona en torno al "método Hamer" de curación del cáncer. Según este austriaco y sus seguidores en varios países (médicos titulados, por cierto), el cáncer tiene un origen exclusivamente psicosomático: se produce en el fondo por una actitud negativa y autodestructiva del paciente. La terapia que va a curarle es conseguir que elimine tal negatividad, mediante terapias de grupo, olvidándose de los tratamientos "convencionales". Pero estos pacientes de cáncer están normalmente perdiendo la posibilidad de que uno de esos tratamientos le cure realmente, y está perdiendo en la mayor parte de los casos un tiempo precioso para atacar el cáncer antes de que sea irreversible.
 
Resulta especialmente penoso que en nuestro país (también en nuestro entorno europeo) la ciencia médica preste tan poca atención a estos fenómenos pseudomédicos. En especial, las organizaciones médicas colegiadas sólo luchan contra el intrusismo: es decir, denuncian a los que practican pseudomedicinas si y sólo si no son médicos titulados o no están colegiados. Por contra, en numerosas organizaciones provinciales se han creado ya secciones oficiales de homeopatía, naturopatía y otras pseudomedicinas. Pensemos en la gravedad del tema cuando nos encontramos con enfermedades como el cáncer o el Sida (otro de los ámbitos en que las pseudoterapias están literalmente matando personas con completa inmunidad).
 
Finalmente, dentro de esta difusa caracterización o tipología de las pseudociencias, no deberíamos dejar de lado otras corrientes de pensamiento irracionalista dentro del ámbito de las ciencias humanas. Debemos mencionar que fenómenos similares a los comentados, y en algunos casos con gran capacidad de dañar nuestra sociedad, se producen en otras áreas de conocimiento donde normalmente no hablamos de pseudociencias. Nos referimos por ejemplo a fenómenos relacionados con la xenofobia y el racismo, a menudo (recordemos las teorías nazis del III Reich sobre pureza étnica aria) sustentadas con profusión de datos aparentemente científicos. En una escala similar se sitúan los planteamientos sexistas o racistas que se ven a menudo en nuestra sociedad. A veces, por defecto o a veces por exceso, aunque estos temas nos llevarían más lejos de lo que da de sí este artículo. Igualmente, mencionaremos en esta línea ciertas tendencias extremistas que se dan en la temática medioambiental, donde se están creando casi sistemas de creencia y se están utilizando las peores artes de las falsas ciencias para defender ideologías irracionales o intereses económicos. Un tema amplio, donde por el momento todavía hay poco debate crítico.
 
3. El mercado de lo paranormal: oferta y demanda.
Comentábamos al final del apartado anterior la existencia de intereses económicos y de poder, algo que caracteriza a toda actividad humana, pero especialmente a las pseudociencias. Parece que los humanos tenemos necesidad de conocer lo que nos depara el futuro, aliviar nuestras penas y angustias, intentar mejorar... de la manera que sea. Las pseudociencias normalmente proporcionan este tipo de alivio, análisis o solución de manera sencilla y a cambio de un simple "donativo" económico. Esta demanda es la que permite la aparición del mercado de lo paranormal, que mueve cifras difícilmente calculables, pero en cualquier caso astronómicas. Se habla de que sólo el asunto de la futurología supone una cifra de negocio superior a los 40.000 millones de pesetas anuales en nuestro país. Los medicamentos homeopáticos empiezan a suponer cerca de la tercera parte de la cifra de negocio de las farmacéuticas europeas...

Cuando se debaten asuntos pseudocientíficos a veces se tiende a acudir a la refutación de las hipótesis, o a la exigencia de pruebas suficientemente sólidas que sean un soporte de los mismos. Pero debemos reconocer que en muchos casos, la gente normal no acude a estos poderosos métodos de crítica. Le damos más peso a la autoritas: quién hace la afirmación, quién lo cuenta. Esto nos remite al papel de los medios de comunicación, a los que se les "supone" credibilidad, y en los que a veces aparecen este tipo de afirmaciones extraordinarias.
 
Comentaba el profesor emérito de periodismo norteamericano Curtis MacDougall [6] que habida cuenta de que gran parte de la gente "conoce lo que lee en los periódicos" (por extensión en los medios de comunicación audiovisual), éstos tienen un papel fundamental en la propagación y asentamiento de las supersticiones modernas: "¿Qué es lo que una persona sabría si durante el último cuarto de siglo se ha basado solamente en los periódicos norteamericanos para obtener información sobre percepción extrasensorial, astrología, predicciones del fin del mundo, espiritismo, fantasmas, poltergeists, exorcismos, el hombre de las nieves, serpientes marinas, curación psíquica, clarividencia, ovnis y fenómenos similares? ¿Tendría esta persona los hechos?". La respuesta es negativa en opinión de MacDougall: estos temas se presentan por lo general (en una abrumadora mayor parte de los casos) de manera acrítica y sesgada a favor de lo sobrenatural.
 
Pero convendría matizar: en un reciente seguimiento realizado a cuatro de los principales periódicos de nuestro país por el periodista Oscar Menéndez [7] durante el mes de octubre de 1998, muestra que de las noticias con corte pseudocientífico aparecidas normalmente éstas se han dado en secciones no relacionadas con la ciencia, de hecho normalmente con medios de comunicación (televisión), recogiendo lo aparecido en programas televisivos. En general el tratamiento dentro de las secciones de ciencia (ciencia, sociedad, o futuro) era bastante sobrio. Se echa de menos un estudio más completo sobre este tema, que -en mi opinión- encontraría ciertas lagunas dentro de las propias secciones de ciencia, especialmente relacionadas con pseudociencias en el mundo de la salud. 

Es cierto que la prensa escrita es bastante parca en la acogida de estas temáticas, apareciendo normalmente en artículos amplios de suplementos específicos o de fines de semana, normalmente, más que como noticias "propagandísticas". Sin embargo, la situación cambia si consideramos globalmente los medios de comunicación.
 
Por un lado tenemos un sector de publicaciones específicamente dedicadas a la promoción de las pseudociencias: como Más Allá, Enigmas, Año Cero, Karma 7... En ellas los criterios de veracidad y verificación mínimos de la labor periodística se olvidan: lo único que vale es lo espectacular, los misterios, un conglomerado de filosofías Nueva Era y expedientes X que tiene en cualquier caso un importante público en nuestro país. Tienen una menor tirada que las revistas de divulgación científica (como Muy Interesante o Quo), pero al dedicarse de manera monotemática a estos asuntos casi llegan a exclusivizarlos. Al fin y al cabo, las revistas de divulgación se dedican principalmente a la ciencia y normalmente no dedican demasiado espacio a los temas paranormales.
 
La prensa periódica de corte general, como decíamos, apenas trata estos temas. Ciertamente, aparecen de vez en cuando afirmaciones de lo paranormal sin suficiente contenido crítico; ciertamente, también, normalmente no es en las secciones donde la noticia científica tiene cabida en estos medios. La pregunta que nos podemos hacer es por qué los criterios básicos de la actividad periodística de comprobación de la noticia se suelen suspender al tratar estos temas. Cuando se trabaja correctamente, lo cierto es que la maravilla pseudocientífica cae por su propio peso, y queda en la anécdota.
 
El problema más acuciante lo tenemos en los medios audiovisuales, en la radio y la televisión. La propia dinámica de los mismos permite más fácilmente presentar el lado humano de la pseudociencia (los videntes, los contactados...) sin más. Más todavía cuando lo que se busca es el espectáculo, como sucede en lo que se suele catalogar como televisión basura. Es difícil pensar que estos pseudodebates o programas de testimonios pueden hacer otra cosa que apoyar estos misterios aparentes. Por contra, la presencia de la divulgación científica es en estos medios realmente escasa... Comentaba a este respecto Miguel Ángel Almodovar [8] que estos programas se mantienen por los mismos criterios que rigen el resto de la parrilla: la cuota de pantalla, lo que significa beneficios a través de la publicidad. Pero que, como se ha dado ya en Francia, al investigar sobre el tipo de público de estos programas, sobre las preferencias de compra de este público, las propias agencias de publicidad acaban dejando de apoyarlos, por cuanto no les interesa ese perfil para sus promociones. Un fenómeno que está llegando ya a nuestro país: este año los "teledebates" que hicieron el agosto en las temporadas pasadas han ido desapareciendo, dejando paso a la fórmula de los ordinary-people-shows, que podría en el futuro seguir igual camino. En cualquier caso, queda claro que en una fórmula competitiva en términos de público y publicidad, los programas de divulgación científica, o aquellos en los que se plantee un debate serio, con argumentos, están completamente "fuera de onda".
 
Porque en el fondo, la permanencia y transmisión de las pseudociencias a través de los medios de comunicación pertenece al mismo tipo de fenómeno al que se enfrenta la propia comunicación social de la ciencia. Un tema sobre el que no podemos extendernos en este artículo, pero sobre el que planea la propia agonía y renacimiento del periodismo científico. Posiblemente, además, en el caso de las falsas ciencias, se vive una situación todavía más exagerada, cuando desde el mismo lado del estamento científico (la investigación), estos temas son considerados de escaso interés, o incluso directamente perniciosos. Es decir, si solemos comentar que uno de los principales problemas que tiene la comunicación social de las ciencias y el periodismo científico es el escaso interés por parte de los propios científicos (estamos obviamente generalizando) por el tema, en el caso de las pseudociencias tenemos ración doble: estos temas están mal vistos.
 
4. El escepticismo científico.
En el último párrafo del anterior apartado planteamos la segunda paradoja que tiene el mundo de las pseudociencias: ni siquiera los científicos ven interesantes (en general) estos temas, ni los consideran adecuados para establecer una crítica. Es comprensible: lo cierto es que un experto psicólogo puede resultar completamente desconocedor de lo que se "vende" actualmente en el mundo de la parapsicología, o un astrónomo ignorar por completo las afirmaciones de los astrólogos. Sencillamente, la propia especialización del mundo de la investigación científica provoca un completo desinterés por temas tan menores, de escaso contenido científico.

Sin embargo, es un planteamiento erróneo, por cuanto se trata de asuntos que tienen capacidad de llegar fácilmente al ciudadano, de manera que la ausencia (por propia voluntad) de los científicos en estas arenas, deja a los proponentes, a los más desmelenados y a los más comedidos, con todo el escenario para ellos solos.
 
Es éste el gran problema, y el gran reto que plantean las pseudociencias: al fin y al cabo, son populares, y seguirán siéndolo si no hay una crítica racional a ellas. Esta ausencia permite además una cierta impunidad por parte de los proponentes de las pseudociencias, que quedan como únicos interlocutores en el panorama. Recuerdo a este respecto en un programa de televisión de hace unos años cómo se presentaba un caso de poltergeist: una casa donde las cosas se movían solas -presuntamente- y en cuyas paredes habían aparecido manchas de sangre. Uno de los "expertos" que estaba en ese programa proponía como explicación que un espíritu de una persona muerta provocaba la fenomenología. Otra persona, que se autocalificaba de "científico", decía que no era necesario: era energía de la mente de uno de los habitantes de la casa, que se transformaba en materia, en ese caso, en manchas de sangre. Este investigador insólito añadía como prueba de sus afirmaciones que, como todo el mundo sabe, a través de la relación de Einstein la materia y la energía pueden transformarse, y que en este caso eso era lo que había sucedido. Obviamente, uno echaba de menos alguien que explicara que si la primera hipótesis era no científica (al no ser falsable), la segunda era directamente anticientífica, es decir, una pura estupidez. Me temo, sin embargo, que si los productores del programa hubieran invitado a un científico, éste no habría podido sino balbucear alguna explicación: es difícil que tuviera un conocimiento de la realidad del fenómeno de los poltergeists...
 
Ahí es donde entran en juego los escépticos. Esta palabra tiene una connotación negativa, proveniente del propio origen filosófico de la doctrina de la suspensión de juicio. Por ello, vamos a intentar aclarar el término. En general podemos diferenciar varios tipos de escepticismo:
  • Un escepticismo nihilista, extremo, afirma que es imposible alcanzar cualquier conocimiento de manera veraz. Llevado al extremo, todo es válido porque nada es cierto. Es la absoluta duda y el completo pasotismo. Este tipo de escépticos admitirían lo mismo arre que so, por lo que es obvio que no nos referimos a ellos.
  • Un escepticismo menos extremo, como el del propio Hume, en el que se plantea la imposibilidad de la certeza, pero que establece mecanismos de acuerdo para aceptar las cosas. Una especie de consenso para funcionar en un mundo donde no existe una fiabilidad completa.
  • Un escepticismo científico, nacido ya en este siglo, impulsado al principio por los filósofos pragmatistas, según el cual una de las bases del método científico es una duda escéptica, que se supera cuando se aportan pruebas suficientes que justifiquen la toma de decisión. Frente al primer tipo de escepticismo, éste permite llegar a conclusiones y evitar la abstención del juicio. Frente al segundo, este escepticismo no llega a un consenso por mayoría, sino por acumulación de pruebas, que se han de realizar conforme a los postulados del propio método científico.
Tengamos en cuenta que en definitiva, en el propio proceso de la investigación científica, este tipo de escepticismo es básico. Uno de los principios del método es la conocida navaja de Occam, que aboga por una simplicidad en las causas, por no andar buscando más allá de lo que tenemos a mano, si no es estrictamente necesario. Este principio es uno de los fundamentales del escepticismo también, como lo es la afirmación antes mencionada de Hume sobre las afirmaciones y el peso de la prueba.
 
El escepticismo moderno difiere, sin embargo, de la corriente principal de la ciencia, en que opina que es interesante analizar científica y racionalmente las afirmaciones que se hacen sobre lo paranormal. Esta vocación de no dejar de examinar nada rompe con la actual costumbre de la especialización, pero a la vez entronca directamente con el trabajo de quienes se dedican a la comunicación social de la ciencia. Ello es así porque se reconoce el poderoso atractivo de lo oculto para la gente de la calle, a la vez que el peligro que su aceptación acrítica supone. Y toma postura al respecto, estableciendo como necesidad o conveniencia el que la ciencia dé a conocer lo que realmente se sabe sobre estos temas, y que no se quede callada ante las afirmaciones irracionales.
 
No es una postura negativista, como se suele afirmar de los escépticos, sino un elemental quehacer ciudadano, que reconoce que en nuestra sociedad el marchamo de "científico" tiene un valor muy importante, y por lo tanto no es conveniente que cualquiera pueda ponérselo sin más. Los escépticos no van "contra" los ovnis, los astrólogos o los homeópatas. Sencillamente, advierten públicamente que las afirmaciones de este tipo están mal fundamentadas, no tienen comprobaciones adecuadas y que además hay suficientes sospechas de que estén funcionando mecanismos "normales" que pueden explicarlos (la navaja de Occam antes mencionada).
 
Además, el escepticismo apuesta por la divulgación y la comunicación social de la ciencia, por cuanto sabe que conforme la sociedad comprenda mejor el papel (el valor y el método) de la ciencia, y desarrolle una capacidad de crítica ante las afirmaciones de todo tipo, las irracionalidades tendrán más dificultad para expandirse sin más.
 
Desde hace unos decenios, personas interesadas en divulgar estas posturas (científicos, filósofos, comunicadores o periodistas, y más gentes) se han ido estableciendo como pequeños grupos escépticos, intentando facilitar la información científica sobre estos temas, e intentando promover un pensamiento crítico en la sociedad {2}. Es una labor ardua, que no podría ser llevada a cabo sin la colaboración de los interlocutores más dispuestos, precisamente los que están estableciendo los vínculos entre la ciencia y la sociedad: científicos y educadores, comunicadores, divulgadores y periodistas...
 
Como comentábamos anteriormente al analizar la situación de los medios de comunicación con respecto a las pseudociencias, es claro que los periodistas científicos no "caen" tan fácilmente en las afirmaciones de estas falsas ciencias, porque normalmente disponen de un criterio científico para discernir entre afirmaciones fundadas y saltos en el aire. Aunque no siempre: el periodista científico (de hecho, cualquier periodista) posee las herramientas básicas para ejercer una crítica ante cualquier tipo de información que recibe. Quizá deberíamos abogar por que estos criterios de la profesión de comunicador se lleven a sus verdaderas consecuencias, incluso con temas que parecen menores como los horóscopos o los platillos volantes.
 
Como final de este artículo, quiero mencionar que en los últimos años en nuestro país (pero no sólo aquí), esta reivindicación por parte de los sectores implicados en la comunicación social de la ciencia se está dando cada vez con más fuerza. Algo que es interesante. Por ejemplo, la Asociación Española de Periodismo Científico, con el impulso de su fundador Manuel Calvo Hernando, lleva incluyendo el tema de las pseudociencias entre sus principales actuaciones.
Referencias:
[1] Ramonet, Ignacio. "Un mundo sin rumbo: crisis de fin de siglo". En concreto el capítulo titulado "Ascenso de lo irracional", reproducido en la revista El Escéptico, nº2 Otoño 1998, pp 43-50
 
[2] Sokal, Alan; Bricmont, Jean: "Impostures Intellectueles", 1997, Ed. Odile Jacob; versión norteamericana titulada "Fashionable Nonsense: postmodern intellectuals", 1998, Ed. Picador
 
[3] Grey, William, "Ciencia y Psi-encia: la ciencia y lo paranormal (I)", La Alternativa Racional, primavera 1994, nº32, pp. 23-27; "La búsqueda de la verdad: la filosofía y lo paranormal (II)", LAR, verano 1994, nº33, pp. 11-17; "El proceso de explicación (III)", LAR, especial X Aniversario, nº34-35, pp. 41-46; y "Escepticismo y conocimiento (y IV)", LAR, primavera 1995, nº36, pp. 25-31.
 
[4] Kurtz, Paul, "Is parapsychology a science?", 1978/1981, The Skeptical Inquirer, Vol 3. nº.2, pp. 14-23; reimpreso en Paranormal Borderlands of Science, ed. Kendrik Frazier, Prometheus Books, pp-5-23.
 
[5] Angulo, Luis, "Evidencias sobre videntes", LAR, nº 11.
 
[6] MacDougall, Curtis, "Superstition and the Press", 1983, Prometheus Books
 
[7] Menéndez, Oscar. Ponencia realizada en el curso "La América Irracional", organizado por el Instituto de América en Santa Fé (Granada), 13-14 nov 1998. (pendiente de publicación)
 
[8] Almodovar, Miguel Ángel. Ponencia sobre medios de comunicación en el II Congreso Nacional sobre Pseudociencias. Alternativa Racional a las Pseudociencias, noviembre 1994.
 


Javier Armentia, Director del Planetario de Pamplona.

Fuente:




  • Gran parte de las pseudociencias actuales, como la astrología y la alquimia fueron ciencias en la antigüedad.
  • Mucha gente, hoy en día, se deja tentar o influir por ciertas pseudociencias que prometen, por ejemplo, mejorar la salud de las personas, (shiatsu, aromaterapia, hidroterapia, etc) o influir en su vida, (tarot y otras quiromancias)

CARACTERÍSTICAS QUE DEFINEN UNA CIENCIA
  • Una ciencia establece unas leyes que rigen una serie de fenómenos.
  • Los conocimientos de la ciencia están formados por hechos, hipótesis y teorías.
  • Estos hechos e hipótesis se pueden contrastar de forma experimental.
  • Hay una coherencia con un conocimiento ya consolidado.


CARACTERÍSTICAS DE LAS PSEUDOCIENCIAS
  • Las pseudociencias, no plantean hipótesis ni elaboran teorías.
  • Los hechos que defienden no son verificables, y sólo funcionan en condiciones fuera de control.
  • Suelen tener carácter mítico y a veces niegan las leyes ya establecidas por la naturaleza.
  • Promueve un modo irracional de pensamiento.

  • En muchos casos, los que defienden las pseudociencias, basan sus argumentos en unos conocimientos incompletos sobre los fenómenos naturales.
  • Algunos intentan persuadir a la gente con su retórica y propaganda en lugar de que con una evidencia probada.
  • En mi opinión no deberían aprovecharse de la ignorancia de la gente para obtener un beneficio económico.
  • En algunos debates entre partidarios de una y otra ciencia se atacan entre ellos y no se llega a ninguna conclusión definitiva.

Vídeos:

Redes: ¿Aun creyendo en cosas extrañas?

Programa Redes de TVE, dedicado al pensamiento critico y el escepticismo.
Participan varios magos, pero lo mas destacable es la charla con Michael Shermer(fundador del Skeptic Magazine) y el mini debate final entre Eduard Punset, Javier Armentia y Eustoquio Molina. Los dos ultimos, miembros de ARP-SAPC (Alternativa Racional a las Pseudociencias - Sociedad para el Avance del Pensamiento Critico).

Redes: ¿Aun creyendo en cosas extrañas? 

El valor de la ciencia

Tras la II Guerra Mundial muchos fueron los que señalaron a los científicos que habían participado en la creación de la bomba atómica, y por extensión a la comunidad científica, como unos de los mayores culpables de tantas y tantas muertes. Un gran número fueron los científicos que se preguntaron si la ciencia llevaba algo malo consigo. ¿Qué valor tiene la ciencia a la que se habían consagrado después de ver las cosas tan terribles que podía hacer? 

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Richard P. Feynman

Esta es la respuesta de Richard P. Feymnan, uno de los integrantes del Proyecto Manhatan en una de sus conferencias en 1962:

De cuando en cuando hay quien me sugiere que los científicos deberían prestar mayor consideración a los problemas sociales; en especial, que tendrían que ser más responsables al considerar el impacto de la ciencia en la sociedad. Parece ser opinión general que si los científicos se tomasen la molestia de prestar atención a estos pro­blemas sociales tan difíciles y no se pasaran tanto tiempo tonteando con problemas científicos menos vitales, se obtendrían grandes éxitos.


Tengo la impresión de que nosotros sí reflexionamos en tales problemas de cuando en cuando, pero que no les dedicamos la totalidad de nuestros esfuerzos, por la razón, entre otras, de que no tenemos ninguna fórmula mágica para resolver problemas sociales, de que los pro­blemas sociales son mucho más difíciles que los cientí­ficos, y de que normalmente no llegamos a nada cuando reflexionamos en ellos.


Estoy convencido de que cuando un científico exami­na problemas no científicos puede ser tan listo o tan tonto como cualquier prójimo, y de que cuando habla de un asunto no científico, puede sonar igual de ingenuo que cualquier persona no impuesta en la materia. Dado que la cuestión del valor de la ciencia no es una cuestión científica, esta charla estará dedicada a demostrar la tesis que acabo de exponer... predicando con el ejemplo.

A todo el mundo le es familiar la primera de las for­mas en que la ciencia es valiosa, a saber, que el conoci­miento científico nos permite hacer toda clase de cosas y construir toda clase de cosas. Evidentemente, si hace­mos cosas buenas, ello no solamente habrá de acreditarse en la cuenta de la ciencia; el mérito será igualmente de la elección moral que nos llevó a hacer obras buenas. El conocimiento científico confiere un poder que nos capa­cita para obrar bien o mal, pero no lleva instrucciones acerca de cómo utilizarlo. Tal poder tiene un valor evi­dente —incluso aunque tal poder pueda ser negado por lo que uno hace con él.

Supe de una forma de expresar este problema humano tan común durante un viaje a Honolulú. En un templo budista de allá, el encargado les explicó a los turistas un poquito de la religión budista, y después acabó su charla afirmando que tenía que decirles algo que no olvidarían jamás —y que yo jamás he olvidado. Era un proverbio de la religión budista:

A cada hombre se le da la llave de las puertas del cielo; esa misma llave abre las puertas del infierno.

¿Qué valor tiene, pues, la llave de las puertas del cie­lo? cierto es que si carecemos de instrucciones claras que nos permitan determinar cuál es la puerta que da al cielo, y cuál al infierno, la llave puede ser un objeto peligroso de utilizar.

Pero es evidente que la llave tiene un valor: ¿cómo podremos entrar en el cielo si carecemos de ella?

Las instrucciones de uso carecerían de valor si no po­seemos la llave. Es evidente, pues, que a pesar de que puede producir enormes horrores en el .mundo, la cien­cia tiene valor, porque puede producir algo.

Otro de los valores de la ciencia es el disfrute —el llamado gozo intelectual— que algunas personas sienten al leer y reflexionar en ella, o que experimentan al tra­bajar en ella. Es éste un aspecto importante, un aspecto, que no es suficientemente considerado por quienes nos dicen que es responsabilidad nuestra reflexionar sobre el impacto de la ciencia en la sociedad.

¿Tiene este disfrute personal algún valor para la socie­dad en su conjunto? ¡No! Pero es también una respon­sabilidad considerar el papel de la sociedad propiamente dicha. ¿Será este papel organizar las cosas de modo que los individuos puedan disfrutar de ellas? En tal caso, gozar de la ciencia es tan importante como cualquier otra cosa.

No quisiera, empero, subestimar el valor de la con­cepción del mundo resultante del esfuerzo científico. He­mos sido llevados a imaginar toda suerte de cosas infi­nitamente más maravillosas que las visiones de los poetas y soñadores del pasado. Muestra que la imaginación de la naturaleza es mucho, muchísimo mayor que la imagi­nación del hombre. Por ejemplo, ¡cuánto más notable es que todos nos hallemos sujetos —la mitad de nosotros, cabeza abajo— por una misteriosa atracción a una bola que gira sobre sí misma; a una bola que ha estado ro­dando por el espacio durante miles de millones de años, que la metáfora de que somos llevados a lomos de un elefante sostenido por una tortuga que nada en un mar sin fondo!

Han sido tantas las veces que he pensado estas cosas en solitario, que confío en ser disculpado si les recuerdo este tipo de pensamiento, que estoy seguro que tantos de ustedes han tenido, más que nadie podría haber teni­do en el pasado, porque no se tenía entonces la infor­mación que hoy tenemos sobre el mundo.

La misma emoción, el mismo respetuoso temor, el mis­mo misterio vuelve a aparecer una y otra vez cuando miramos algo con suficiente profundidad. Y con el ma­yor conocimiento llega un misterio más profundo y ma­ravilloso, que nos incita a penetrar en él más hondamen­te todavía. Sin sentir jamás el temor de que la respuesta puede resultar decepcionante, con placer y confianza da­mos la vuelta a cada nueva piedra que nos encontramos, descubriendo lo inimaginadamente extraño, que conduce a más maravillosas cuestiones y misterios -- ¡una gran aventura, ciertamente!

Es cierto que son pocas las personas no científicas que experimentan este tipo particular de experiencia religio­sa. Nuestros poetas no escriben sobre ella; nuestros pin­tores no tratan de plasmar esta cosa tan notable. No sé por qué. ¿Acaso a ninguno inspirará la imagen que del universo hoy tenemos? Este valor de la ciencia sigue sin ser cantado por los poetas; uno se ve reducido no a escuchar una canción o un poema, sino una lección ves­pertina sobre ella. Todavía no es la nuestra una edad científica.

Tal vez una de las razones de este silencio sea que es preciso saber leer su música. Por ejemplo, el artículo científico puede decir, «El contenido de fósforo radiac­tivo del cerebro de la rata decrece a la mitad en un pe­riodo de dos semanas». Ahora bien, ¿qué significa tal cosa?

Significa que el fósforo que hay en el cerebro de la rata —y también en mi cerebro, y en el suyo— no es el mismo fósforo que había en él hace dos semanas. Significa que los átomos del cerebro están siendo reemplaza­dos: los que antes se encontraban allí se han ido.

Observar que eso que yo llamo mi individualidad es tan sólo una configuración, una danza; eso es lo que lo significa el descubrimiento de lo que tardan los átomos del cerebro en ser reemplazados por otros átomos. Los átomos llegan a mi cerebro, danzan en él su danza y después se van —hay siempre nuevos átomos, pero dan­zan siempre la misma danza, recordando cómo era la danza de ayer.

Cuando leemos algo sobre este asunto en el periódico, dice: «Los científicos afirman que este descubrimiento puede ser un hito importante en la curación del cáncer.» Al periódico tan sólo le interesa la utilidad de la idea, no la idea en sí misma. A duras penas puede nadie com­prender la importancia de una idea, tan notable es. Salvo que, posiblemente, algunos niños puedan captarla. Y cuando un niño capta una idea como ésa, tenemos un científico. Ya es para ellos demasiado tarde captar ese espíritu cuando se encuentran en nuestras universidades; debemos pues explicar estas ideas a los niños.

Quisiera dirigir ahora mi atención a un tercer valor que tiene la ciencia. Es un poco menos directo, pero no mucho. El científico tiene una amplísima experiencia de ignorancia, de duda, de incertidumbre, y en mi opinión, tal experiencia de ignorancia, de duda, de incertidumbre, y en mi opinión, tal experiencia es de la mayor impor­tancia. Cuando un científico desconoce la solución de un problema, es ignorante. Cuando tiene una corazonada sobre cuál va a ser el resultado, siente incertidumbre. Y aún cuando esté francamente seguro de cuál va a ser el resultado, todavía le queda alguna duda. Hemos descu­bierto que para poder progresar es de fundamental im­portancia saber reconocer nuestra ignorancia y dejar lu­gar a la duda. El conocimiento científico es un cuerpo de enunciados que tiene diversos grados de certidumbre. Algunos son sumamente inseguros, algunos casi seguros, pero ninguno es absolutamente cierto.

Ahora bien, nosotros los científicos estamos habitua­dos a ello, y damos por hecho que es perfectamente con­sistente tener inseguridad, que es posible vivir y no sa­ber. Aunque no sé si todos se dan cuenta de que esto que digo es cierto. Nuestra libertad de dudar nació de una lucha contra la autoridad en los primeros tiempos de la ciencia. Fue una lucha muy profunda y vigorosa: se nos ha permitido cuestionar, dudar, no estar seguros. Me parece importante que no olvidemos esta lucha y perder quizás lo que hemos ganado. He aquí una res­ponsabilidad social.



Nos entristecemos cuando pensamos en las maravillo­sas potencialidades que los seres humanos parecen tener y las contrastamos con lo diminuto de sus logros. Una y otra vez se ha pensado que podríamos hacerlo mucho mejor. Quienes vivieron tiempos pasados vieron en la pesadilla de sus tiempos un sueño para el futuro. Noso­tros, que estamos en su futuro, vemos que sus sueños, rebasados en ciertos aspectos, siguen siendo sueños en muchísimos otros. Las esperanzas para el futuro siguen siendo hoy, en buena parte, las mismas de ayer.


Se pensó en cierta ocasión que las posibilidades que tenían las personas no se habían desarrollado debido a la ignorancia. Con educación universal, ¿podrían todos los hombres ser Voltaire? Lo malo puede ser enseñado por lo menos tan eficientemente como lo bueno. La en­señanza es una fuerza muy poderosa, pero lo es tanto para lo bueno como para lo malo.


La comunicación entre las naciones habría de facilitar su entendimiento —así rezaba otro sueño. Pero las má­quinas de comunicación pueden ser manipuladas. Lo que se comunica puede ser verdad o mentira. La comunica­ción es una fuerza poderosa, pero tanto lo es para lo bueno como para lo malo.


Las ciencias aplicadas deberían liberar al hombre de los problemas materiales, cuando menos. La medicina controla la enfermedad. Y aquí el registro parece ser en­teramente para lo bueno. Empero, no faltan quienes tra­bajan pacientemente para crear grandes plagas y vene­nos, a utilizar en la guerra de la mañana.


A casi nadie le gusta la guerra. Nuestro sueño de hoy es la paz. En la paz es donde el hombre puede desarrollar mejor las enormes potencialidades que al parecer tiene. Pero tal vez los hombres del futuro encuentren que tam­bién la paz puede ser buena y mala. Tal vez los hombres pacíficos se entreguen a la bebida, por aburrimiento. Tal vez entonces la bebida se convierta en el gran problema que parezca impedir al hombre lograr de sus facultades tanto como éste cree que debería.


Como es obvio, la paz es una gran fuerza, como lo son la sobriedad, el poder material, la comunicación, la educación, la honestidad y los ideales de muchos soña­dores. Tenemos más de esas fuerzas a controlar que los antiguos. Y tal vez estemos haciéndolo un poco mejor de lo que la mayoría de ellos podían. Pero lo que debe­ríamos poder hacer se nos antoja gigantesco en compa­ración con lo confuso de nuestros logros.


¿Por qué es esto? ¿Por qué no podemos conquistarnos a nosotros mismos?
Porque nos encontramos con que incluso las grandes fuerzas y facultades no parecen ir provistas de instrucciones claras sobre cómo utilizarlas. Por ejemplo, la gran comprensión acumulada en lo atinente al mundo físico solamente nos convence de que tal conducta parece tener una especie de sinsentido. Las ciencias no enseñan direc­tamente lo bueno y lo malo.


A través de todas las edades pasadas, la humanidad ha tratado de sondear el significado de la vida. Ha com­prendido que de poder conferir a nuestras acciones al­guna dirección o significado, se desencadenarían grandes fuerzas humanas. Y en consecuencia, muchísimas han sido las respuestas que se han dado al problema del sig­nificado de todo. Pero las respuestas han sido de toda clase de suertes, y los proponentes de una respuesta han contemplado con horror las acciones de los creyentes en otras; con horror, porque a resultas de una discordancia en el punto de vista todas las grandes potencialidades de la raza quedan canalizadas y confinadas en un callejón falso y sin salida. De hecho, ha sido a partir de la his­toria de las enormes monstruosidades creadas por las falsas creencias como los filósofos han comprendido las infinitas y maravillosas capacidades de los humanos. El sueño consiste ahora en descubrir el canal abierto.


¿Cuál es, entonces, el significado de todo ello? ¿Qué podemos decir para desvelar el misterio de la existencia?


Si tomamos todo en cuenta —no solamente lo que sabían los antiguos, sino todo lo que hoy sabemos que no conocían— me parece entonces que hemos de admitir francamente que no lo sabemos.


Pero hacer tal admisión, probablemente hayamos en­contrado el canal abierto. 

No es ésta una idea nueva; ésta es la idea de la era de la razón. Tal era la idea que guió a los hombres que crearon la democracia bajo la que hoy vivimos. La idea de que nadie sabía verdaderamente cómo se dirige un gobierno condujo a la idea de que se debería establecer un sistema mediante el cual las ideas nuevas pudieran ser desarrolladas, ensayadas y arrojadas por la borda en caso necesario; un sistema que permitiera introducir todavía más ideas nuevas; un sistema, en definitiva, basado en tanteos, en el ensayo y el error. Tal método sobrevino a resultas de que a fines del siglo XVIII la ciencia estaba empezando ya a mostrar que era empresa venturosa. In­cluso en aquella época, a quienes reflexionaban en los fenómenos sociales le resultaba obvio que la apertura de posibilidades era una oportunidad que la duda y la dis­cusión eran esenciales para progresar y penetrar en lo desconocido. Si queremos resolver un problema jamás resuelto anteriormente, tenemos que dejar entreabierta la puerta a lo desconocido.


Nos encontramos en los comienzos mismos de la era de la raza humana. No es irrazonable que tengamos o que tropecemos con problemas. Pero hay decenas de mi­les de años en el futuro. Es responsabilidad nuestra hacer lo que podamos, aprender lo que podamos, mejorar las soluciones, y transmitirlas a nuestros sucesores. Es res­ponsabilidad nuestra dejar las manos libres a las gentes futuras. Hallándonos como estamos en la impetuosa juventud de la Humanidad, podemos cometer graves erro­res que paralicen nuestro crecimiento durante largo tiem­po. Y así sucederá si afirmamos tener ya las respuestas, cuando tan grande es nuestra juventud y nuestra igno­rancia. Si suprimimos toda discusión, toda crítica, pro­clamando, «¡He aquí la respuesta, amigos míos; el Hom­bre está salvado!» condenaremos durante largo tiempo a la Humanidad, la encadenaremos a la autoridad, la con­finaremos a los límites de nuestra imaginación presente. Ya se ha hecho antes muchas veces.


Es responsabilidad nuestra como científicos, sabedores del gran progreso que emana de una satisfactoria filoso­fía de la ignorancia, del gran progreso que es fruto de la libertad de pensamiento, proclamar el valor de esta li­bertad; enseñar que la duda no ha de ser temida, sino bienvenida y discutida, y exigir esta libertad como deber nuestro hacia todas las generaciones venideras. 


Qué te importa lo que otras personas piensen
Extracto de ¿Qué te importa lo que otras personas piensen?
Aventuras adicionales de un carácter curioso.
por Richard P. FEYNMAN. Contado a Ralph Leighton.
New York: Norton & Company, 1988.
Epílogo.- pp. 239 - 248
Traducción: Consuelo Gómez Moreno

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